Durante años, Abelardo de la Espriella fue el abogado que sacaba de líos a parapolíticos, estafadores y al hoy procesado Alex Saab, y que cobraba por ello las fortunas de las que ahora presume. Hoy, a sus 47 años y sin haber ocupado jamás un cargo público, ese mismo penalista se vende como el outsider que viene a barrer con la corrupción y la “politiquería”. El gran contraste entre su pasado como defensor de la élite y su actual campaña como héroe del pueblo es el principal cuestionamiento que enfrenta a solo horas de las elecciones.
Su irrupción reordenó la campaña. Se inscribió por firmas con el movimiento Defensores de la Patria, sumó al exministro de Hacienda José Manuel Restrepo como fórmula vicepresidencial y escaló en las encuestas hasta convertirse en el principal rival del candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda. Detrás del personaje mediático hay una hoja de vida tan exitosa como llena de zonas grises.
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Abelardo de la Espriella Otero nació en Bogotá el 31 de julio de 1978, pero creció en Montería (Córdoba) y de ahí viene la identidad costeña que después convirtió en bandera. Es hijo de abogados: su padre, Abelardo de la Espriella Juris, fue un jurista reconocido en Córdoba que ejerció como diputado, aspiró a la Gobernación y llegó a magistrado del Tribunal Contencioso Administrativo.
Estudió Derecho en la Universidad Sergio Arboleda, donde más tarde cursó una maestría en Derecho. Se especializó en Derecho Penal en la Universidad Externado y en Derecho Administrativo en la Universidad del Rosario, y recibió un doctorado honoris causa de la Universidad Autónoma del Caribe.
En 2002 fundó De la Espriella Lawyers Enterprise, que con los años abrió sedes en Bogotá, Barranquilla, Medellín y Miami. Su bufete pasó de ingresos modestos a manejar miles de millones de pesos en pocos años, un crecimiento que coincidió con la defensa de algunos de sus clientes más cuestionados.
Su relación con el poder empezó temprano. En 2004, con 26 años, creó la Fundación Iniciativas por la Paz (Fipaz), que acompañó el proceso de Santa Fe de Ralito entre el gobierno de Álvaro Uribe y los paramilitares, e impulsó incluso un referendo para prohibir la extradición. Fue, además, la antesala del despegue de su carrera como litigante.
No todo su prólogo jurídico es controvertido. De la Espriella representó a las víctimas del ataque con ácido contra Natalia Ponce de León y acompañó la ley que endureció las penas para esa conducta; el agresor terminó condenado a más de 21 años de prisión.
También llevó causas colectivas del lado de los afectados. Asumió la representación de comunidades indígenas y afrodescendientes Zenú en el litigio contra la mina Cerro Matoso, que en 2018 ganó un fallo de la Corte Constitucional, y demandó a directivos de Ecopetrol por la explosión del oleoducto de Dosquebradas, en Risaralda, donde murieron 32 personas en 2011.
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Su agenda de clientes famosos reforzó su fama mediática. Defendió a celebridades como Natalia París, Lina Tejeiro y Sara Corrales, y trasladó a las cámaras las pugnas que antes se quedaban en los estrados, un estilo temerario que lo hizo a la vez popular y polémico.
Los clientes que hoy le pesan
La otra cara de su hoja de vida es la lista de procesados a los que defendió. En la época de la parapolítica representó a los excongresistas Rocío Arias, Eleonora Pineda, Dieb Maloof y Jorge Caballero, todos condenados por la Corte Suprema de Justicia por sus nexos con las extintas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).
La nómina sigue. Fue abogado de los primos Nule, condenados por el “carrusel de la contratación” en Bogotá, y en 2019 defendió al exmagistrado de la Corte Constitucional Jorge Pretelt, condenado por corrupción. También representó a David Murcia Guzmán, creador de la pirámide DMG, una de las mayores estafas recientes del país.
Esa trayectoria es munición para sus rivales. Figuras de derecha y de izquierda lo han bautizado como “el abogado de la mafia”, y Claudia López le recordó que de esos clientes salió buena parte de su fortuna; él ha respondido que solo defendió a “un par de narcotraficantes de medio pelo”.
Ningún cliente le pesa tanto como Alex Saab. De la Espriella lo defendió desde 2013 en procesos por lavado de activos y dice que dejó de representarlo en julio de 2019, al conocer su cercanía con el gobierno de Nicolás Maduro; aun así, llegó a llamarlo “amigo personal”.
El caso estalló de nuevo a una semana de las elecciones. El 24 de mayo, el periodista Daniel Coronell publicó en la revista Cambio una investigación según la cual De la Espriella habría recibido en 2014 giros por más de 370.000 dólares desde dos empresas que Saab usó presuntamente para desviar recursos del Estado venezolano. La columna se apoya en documentos de un expediente civil cerrado en Florida, entre ellos una carta firmada por el abogado.
De la Espriella no respondió las preguntas que, según Coronell, le formuló antes de publicar. Su campaña ha sostenido que los señalamientos son una estrategia política para frenarlo y ha retado a probar cualquier ilícito; su entorno insiste, además, en que defender a un cliente no equivale a participar en sus actos. Hasta el cierre de esta nota, ningún proceso judicial lo vincula formalmente con estos hechos.
El imperio del lujo
Antes de la política, De la Espriella construyó una marca personal alrededor del lujo. Bajo el sello Dominio De la Espriella produce el ron Defensor y el vino Fratellone, que elabora en la Toscana italiana; según sus propias declaraciones, rechazó una oferta de 30 millones de dólares por su destilería.
Su catálogo va mucho más allá. Lanzó la línea de ropa masculina De la Espriella Style, con blazers que llegan al millón de pesos, y es socio del piano bar Místico, en Miami, junto al cantante Silvestre Dangond. Su patrimonio se ha estimado en torno a los 10 millones de dólares, aunque parte de su conglomerado registró pérdidas hacia finales de 2025.
La faceta que más sorprende es la artística. Grabó dos álbumes, canta en cinco idiomas piezas como “O sole mio” y llenó shows en Barranquilla y Miami; antes fue, incluso, productor y mánager del cantante vallenato Iván Villazón. También publicó varios libros, entre ellos la novela policíaca “Almas asesinas”.
Una investigación de La Silla Vacía, que rastreó 35 empresas ligadas al candidato en Colombia, Panamá y Estados Unidos, halló socios incómodos en Dominio De la Espriella, la sociedad del ron Defensor y el vino Fratellone. Entre ellos figuran Dangond, los petroleros Serafino Iácono y Federico Restrepo, familiares de Hugues Rodríguez Fuentes —condenado por promover grupos paramilitares—, el exgobernador Juan Carlos Gossaín —destituido por el llamado “cartel de la hemofilia”— y Aniano Iglesias, mencionado en casos de bienes incautados por narcotráfico.
El medio también describió el círculo que sostiene ese universo: su cuñada Lilian Pineda, el estratega y socio Carlos Suárez, y Daniel Peñarredonda, este último cercano al entorno de Saab y aún vinculado a sus sociedades pese a que el candidato lo presentó como ya distanciado. De la Espriella afirma que su fortuna le da independencia para financiar su propia campaña.
Entró en la política
En campaña, el abogado se transformó en “El Tigre”. Sus actos parecen conciertos: cinco pantallas LED, videos de tigres, cortinas de humo, escoltas en la tarima y un atril de vidrio antibalas que se volvió habitual tras denunciar amenazas. “Acá está tu tigre, que ruge y muerde”, lanza a sus seguidores, entre saludos militares al grito de “¡Firme por la patria!”.
El espectáculo tiene de todo. En sus cierres salió con la camiseta de la Selección Colombia y un sombrero aguadeño, hubo teloneros y orquesta, y él —que es cantante— trabajó a la multitud manoteando, agachándose y brincando como en una liturgia. Sus discursos rara vez bajan de los 40 minutos.
El movimiento que lo respalda mezcla varias corrientes. Se declara outsider, pero sumó apoyos del partido cristiano Colombia Justa Libres, de sectores como Salvación Nacional y Creemos, y de poderes regionales como la casa Char en Barranquilla. Lo acompañan pastores evangélicos y políticos de partidos tradicionales, a quienes en tarima dice no representar.
Su discurso tiene un fuerte sello religioso. Afirma vivir bajo principios judeocristianos y propone una “contrarrevolución cultural” para que el país “regrese a Dios”, pese a haberse declarado ateo en una entrevista de 2020. Defiende la “familia tradicional”, se opone al aborto y promete devolverle el orden al país.
Su forma de hablar es su sello y, a la vez, su problema. De la Espriella mezcla épica patriótica, religión y mano dura, y no esconde el insulto: llamó ignorante a una periodista, hizo bromas de tono sexual en entrevistas y comparó su situación con la de líderes asesinados como Luis Carlos Galán y Jorge Eliécer Gaitán.
Con la prensa, su relación es de choque. Su campaña acusó a Coronell, La Silla Vacía y Cambio de operar una “bodega” de redes para atacarlo —algo que los verificadores no hallaron sustentado— y el abogado ha anunciado acciones judiciales contra periodistas que escriben sobre su pasado. Sus rivales se preguntan cómo enfrentaría el escrutinio de la prensa desde la Casa de Nariño.
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Algunas contradicciones lo persiguen. Aunque ahora habla de “bienestar animal”, resurgió un video de 2014 en el que confiesa que de niño les amarraba voladores de pólvora a los gatos del barrio: “Era terrible, pero me divertía”, dijo entonces. La senadora Esmeralda Hernández y el caricaturista Matador lo señalaron por ello en plena campaña.
Sus giros también dan de qué hablar. Pasó del ateísmo declarado a la fe como bandera, y de un perfil que sus críticos recuerdan como menos combativo —Claudia López evocó el apodo “Hello Kitty”— al del “macho” de la mano dura. Él lo resume en una palabra que repite en cada plaza: coherencia.
Sus propuestas
Su plan de gobierno, que la campaña bautizó “El Milagro de los Nunca”, promete convertir a Colombia en una “Patria Milagro”. Gira sobre tres ejes —seguridad, austeridad y economía— y unos principios que resume como “familia, propiedad, trabajo, fe y seguridad”.
En seguridad y justicia propone eliminar la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), el tribunal creado tras el acuerdo con las extintas FARC, al que llama “farsa”. Plantea la cadena perpetua para violadores y asesinos de menores, la construcción de megacárceles y la destrucción de 330.000 hectáreas de coca con fumigación aérea.
Su apuesta de orden incluye medidas poco comunes en la política colombiana. Respalda el porte de armas, propone acuerdos con Estados Unidos e Israel contra las mafias del narcotráfico y una extinción de dominio exprés sobre sus bienes, y descarta de plano una Asamblea Nacional Constituyente.
En lo económico, su programa se resume en pasar “de administrar escasez a desatar abundancia”. Promete reducir el tamaño del Estado hasta en un 40 %, bajar impuestos, desregular y alcanzar un crecimiento anual del 7 por ciento, con guiños abiertos a Javier Milei en Argentina y Nayib Bukele en El Salvador.
El propio documento es blanco de críticas. Analistas y medios señalan que el plan, de apenas tres páginas, se parece más a un folleto político que a una hoja de ruta técnica: metas ambiciosas, pero pocos detalles sobre cómo financiarlas o ejecutarlas.
A las puertas de la primera vuelta, las encuestas coinciden en un punto: Cepeda va adelante y De la Espriella pelea el segundo cupo. La firma Invamer le dio 31,6 % frente a 44,6 % de Cepeda; el Centro Nacional de Consultoría (CNC) midió 30,9 % contra 33,4 %; y Guarumo y Ecoanalítica registraron 27,5 % frente a 37,1 %
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