Ser joven en Norte de Santander es enfrentarse a una realidad llena de contrastes. Mientras miles de adolescentes sueñan con acceder a la educación superior y encontrar un empleo que les permita construir su proyecto de vida, otros se levantan cada mañana con la incertidumbre de elegir entre estudiar, trabajar o simplemente sobrevivir.
En el departamento, esta población enfrenta múltiples barreras, entre ellas la falta de oportunidades, la migración, desigualdad y las consecuencias del conflicto armado, que por décadas ha golpeado a la región.
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De acuerdo con la más reciente Encuesta Nacional de Calidad de Vida del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), en el país, las personas mayores de 15 años calificaron su satisfacción con la vida en general en un promedio de 8,2 sobre 10. Sin embargo, la percepción disminuye al evaluar aspectos como el trabajo (7,4) y los ingresos (6,8).
Con ocasión del Día Internacional de la Juventud, La Opinión consultó a expertos para analizar los principales desafíos y las oportunidades que tienen los jóvenes de Norte de Santander.
El reto de encontrar oportunidades
Conseguir empleo sigue siendo uno de los mayores retos para los jóvenes porque a diario miles de ellos se enfrentan al mercado laboral que ofrece pocas oportunidades y exige experiencia a quienes apenas se gradúan de sus carreras profesionales.
Cifras del DANE señalan que entre marzo y mayo de 2026 la tasa de ocupación de la población entre 15 y 28 años se ubicó en 47%, mientras que el índice de desocupación fue del 15,3%. Lo anterior significa que uno de cada seis jóvenes no logra conseguir empleo.
A este panorama se suma otro indicador: en Colombia, 2.4 millones de jóvenes del mismo rango edad ni estudian ni trabajan.
En el caso de Norte de Santander, la analista económica de Mercado Laboral, Sharyn Nataly Hernández Fuentes define las barreras que enfrentan hoy en día para conseguir un trabajo formal:
- La falta de experiencia previa exigida por las empresas.
- La desconexión entre la educación.
- Las demandas del mercado, y los costos especialmente para el acceso a la educación superior.
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“El nivel educativo sigue siendo muy determinante para los jóvenes porque reduce el desempleo y aumenta los ingresos futuros. Sin embargo, en ciudades como Cúcuta, el poder o influencia que tiene el nivel educativo como motor de cambio se ve limitado por barreras económicas. Es decir, en Cúcuta ser joven trae consigo una limitante de falta de experiencia, aún cuando tenga el nivel académico”, puntualiza la experta.
En ese sentido, también señala que la migración desde Norte de Santander hacia otras ciudades del país también se convierte en una tendencia constante, ya sea para acceder a empleos formales, por la falta de industria especializada o la presión social de inseguridad y orden público. Aunque en Cúcuta también hay sectores que ofrecen mayores oportunidades.
“En la capital de Norte de Santander, los sectores del comercio al por menor, la industria manufacturera, la logística de transporte y los servicios de tecnología e industrias creativas ofrecen las mayores oportunidades laborales y de emprendimiento para los jóvenes, impulsados por programas locales de formalización y la dinámica fronteriza”, agrega.
La educación abre puertas, pero no para todos
Aunque en Norte de Santander, la mayoría de jóvenes tienen acceso a educación media gratuita en las instituciones educativas oficiales, el desafío va más allá de garantizar un cupo.
Para la secretaria de Educación del departamento, Hilse Yamile Aldana Pérez, el mayor reto es lograr que permanezcan en el sistema educativo y culminen con éxito su formación, pese a las dificultades.
“Especialmente en las zonas rurales y en la región del Catatumbo, factores como la violencia y la pobreza continúan limitando la asistencia regular. No obstante, la tendencia ha mostrado una mejora gradual. Mientras en 2023 la tasa de deserción escolar se ubicó en 4,92 %, para 2025 descendió a 4,36 % de la matrícula general. Estos avances han sido posibles gracias a estrategias orientadas a garantizar la permanencia de los estudiantes, como el Programa de Alimentación Escolar (PAE) y el servicio de transporte”, dice.
Sin embargo, el reto no termina con la graduación. Para muchos jóvenes, obtener el título de bachiller representa apenas el inicio de una nueva incertidumbre: continuar con estudios superiores o lograr empleo para apoyar a sus familias.
Frente a este panorama, la funcionaria asegura que se han implementado programas para facilitar el tránsito de los estudiantes hacia la educación superior.
Una de las estrategias es Educación Superior en tu Colegio que consiste en llevar las ofertas universitarias a las aulas de las instituciones educativas públicas y el Programa de Tránsito Inmediato a la Educación Superior que trabaja con poblaciones juveniles de El Tarra, Convención y Tibú.
“Allí, las universidades de Antioquia, Francisco de Paula Santander sede Ocaña, el Instituto de Educación Superior Rural (ISER) y el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) desarrollan articulaciones. Además, tenemos el ejemplo de 34 jóvenes del Catatumbo que están estudiando en programas de salud de la Universidad Nacional; eso fue un trabajo articulado que se hizo desde la Gobernación, ya que son de los territorios que tienen mayores barreras”, puntualiza.
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Crecer en una región marcada por el conflicto
Para los jóvenes nortesantandereanos, especialmente en las zonas rurales y en la subregión del Catatumbo, trabajar para cumplir sus sueños se convierte en un mayor reto a causa de la violencia, el desplazamiento forzado y la presencia de grupos armados ilegales.
“Si miramos, el 70% de las personas asesinadas a causa de la guerra tanto en el Catatumbo como en Cúcuta, han sido jóvenes menores de 28 años. Esto nos preocupa bastante. También vemos que hay jóvenes que están combatiendo en el territorio, ya que esta población también es reclutada”, sostiene Carmen García, fundadora de la Asociación Madres del Catatumbo por la Paz.
Para García, una de las mayores preocupaciones es que la región se está quedando sin jóvenes, ya que muchos se desplazan a la capital, otros son asesinados o ven como sus familias se terminan a causa de la violencia.
“Vemos historias de quienes tienen que separarse de sus compañeros, dejar de estudiar, o mujeres que quedan viudas muy jóvenes porque asesinan a sus parejas. Son daños psicológicos muy fuertes que truncan sus sueños”, agrega.
Una postura similar tiene Enrique Pertuz, director general de la Corporación Red Departamental de Defensores de Derechos Humanos (Corporeddhh).
Él advierte que uno de los principales desafíos para las nuevas generaciones es crecer en un entorno donde la violencia ha terminado por convertirse en parte de la cotidianidad.
“Crecer en territorios donde persisten los enfrentamientos, las economías ilegales y el control ejercido por actores armados genera un entorno de miedo e incertidumbre que afecta la salud mental de los jóvenes y puede influir en sus decisiones y expectativas de futuro”, señala.
A esto se suma que el reclutamiento no siempre ocurre mediante la fuerza, porque en muchos casos se presenta a través de amenazas o engaños, aprovechándose de las condiciones de vulnerabilidad de las víctimas.
Sin embargo, ambos líderes concuerdan que también han sido testigos de muchos casos en donde jóvenes han cumplido sus sueños en medio de la guerra y se han convertido en actores de transformación.
“Muchos hoy participan en iniciativas comunitarias, lideran procesos sociales, desarrollan emprendimientos, continúan sus estudios o promueven acciones en favor de la convivencia y la construcción de paz en sus territorios. Aunque las dificultades persisten, su resiliencia evidencia que la juventud no debe ser vista únicamente como una población en riesgo”, reseña Pertuz.
El arte para transformar su realidad
En Norte de Santander también se escriben historias de jóvenes que han encontrado en el arte y el deporte una forma de abrir caminos y demostrar que el talento puede convertirse en una herramienta de transformación.
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Este es el caso de la corporación Jóvenes Equipo Literario, una organización que nació en Cúcuta en el 2012 con el propósito de ofrecer a niños y adolescentes espacios para desarrollar sus habilidades artísticas, culturales y deportivas, especialmente en sectores donde las oportunidades son limitadas.
“Surgimos ante la falta de oportunidades para la juventud y, en un tiempo, contamos con la participación de estudiantes de intercambio de Italia y Alemania, quienes se interesaron por nuestro proceso. El arte representa una forma de expresión, identidad y transformación. Es un medio para comunicar emociones y construir proyectos de vida”, afirma su coordinador general, Bryam Pérez, conocido por el seudónimo de El Gato Bohemio.
Para este joven líder, uno de los principales desafíos que enfrenta la juventud en el departamento es la falta de apoyo económico para los procesos culturales y en muchos casos, la poca confianza que aún existe en el talento de las nuevas generaciones.
“Se necesitan más programas de formación de bajo costo, acceso a escenarios culturales, apoyo institucional y alianzas que permitan a los jóvenes mostrar su trabajo y crecer tanto artística como personalmente”, sostiene.
A lo largo de estos años, la corporación ha llevado procesos de formación artística y deportiva a población de los barrios Crispín Durán, Belén y el asentamiento humano El Talento, en Cúcuta. Allí desarrollan talleres de actuación, poesía, dibujo, voleibol y microfútbol, convirtiendo estos espacios en escenarios de aprendizaje y esperanza.
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