Pienso en mi papá cada día como quien que me crió con cariño, maestro de corazón, profesión que despertó vocaciones y deportista apasionado por la buena música, que hizo del amor la mejor forma de educarnos y cuyos 79 años que hoy cumple se revelan en la vida de los demás.
Profesor de química, dedicado a explicar la materia y sus reacciones, mientras nos enseñaba a llevar una vida digna a partir del respeto, bondad, curiosidad y ejemplo, lo cual también lo hizo en las aulas y hoy queda demostrado cuando antiguos alumnos de todas las edades lo saludan y le demuestran admiración. Y en casa tuvimos la gran fortuna de tenerlo para educarnos y demostrarnos que el afecto forja más carácter que el cinturón y los regaños. Lo quiero y extraño con esa intensidad silenciosa de quien siente mucho y expresa poco.
Él es extrovertido y ocurrente y el menor de cinco hermanos y el único que permanece… hay en eso cierta soledad que quizá se guarda, pero procura custodiar con recuerdos y episodios de una familia que sigue viviendo dentro de él. Nos cuenta sus historias una y otra vez sin que pierdan su encanto, de su infancia, juventud y etapa de la universidad donde conoció a mi mamá con quien, a pesar de las dificultades y adversidades propias de la época nos sacaran adelante con infinito e incondicional amor.
Sus anécdotas son ventanas abiertas a un tiempo que recuerda con felicidad y que disfrutamos compartir. Escucharlo es conservar una parte de nuestra historia familiar y saber de un tiempo y unos lugares que cambiaron. Desde que tengo memoria lo recuerdo trotando y energía de quien se resiste al paso del tiempo. Jugó y le encanta el baloncesto, y no olvido aquellas vacaciones en que me regaló unas raquetas de ping pong y días después, quiso jugar y nadie pudo ganarle.
A sus 79 años, sigue siendo padre con la misma dedicación. Nos cuida, pregunta por nosotros y está pendiente de nuestras vidas, como si aún fuéramos niños. Quizá no termina de aceptar que crecimos o quizá, sencillamente, el amor de un corazón como el suyo nunca deja de cuidar y su amor no se ha jubilado. Que más puedo hacer cada vez que lo veo que cuidarlo y hacerle recomendaciones con amor y acaso paciencia apenas mínima respecto a la que me tuvieron al enseñarme a caminar o insistir para que comiera o cuando se preguntaban si me pasaba algo, que dedicarle estas líneas con las que expreso la gratitud por el amor, la educación, las enseñanzas y compañía sin exigirme a encajar, por su humor, historias, ocurrencias y esa forma de cuidarnos.
Tal vez, veinte años no son nada dice el tango, pero 79 años de vida han sido todo para la mía que se nutrió en buena parte de sus mejores años y ya con canas en las sienes todavía sigo su ejemplo. Mucho ha cambiado y mucho permanece, ya no tenemos los años que pasaron sino los que vienen para compartir. Por qué puede mover el cielo y la tierra lo que somos, pero somos lo que somos, un mismo temple de corazones, aunque debilitados por el paso del tiempo, fuertes en voluntad para amar y no rendirse.
Un abrazo grande papá. De muchos más que deseo vengan.
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