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Colombia 2026: encuestas, sondeos y pronósticos
Diferente es el caso de los sondeos, cuyo creciente uso contrasta con su debilidad metodológica.
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Miércoles, 17 de Junio de 2026

Las encuestas y los sondeos electorales buscan medir las intenciones de voto. Se trata de un esfuerzo técnico que, en el marco de las elecciones presidenciales de Colombia 2026, no está exento de críticas ni de errores. Conviene, por tanto, restituir su lugar: son herramientas útiles, aunque con alcances y limitaciones claramente diferenciados.

En sentido estricto, una encuesta es un ejercicio estadístico de aproximación al comportamiento de una población a partir de una muestra. Su validez se sustenta en principios básicos: aleatoriedad en la selección, representatividad de las características sociodemográficas, proporcionalidad en los pesos asignados y capacidad de generalización mediante factores de expansión. A ello se suman los márgenes de error y los niveles de confianza que delimitan su precisión. Incluso bajo diseños rigurosos, las encuestas capturan un estado transitorio de la opinión ciudadana, no el resultado de un preconteo ni de un escrutinio.

Diferente es el caso de los sondeos, cuyo creciente uso contrasta con su debilidad metodológica. Al no garantizar plenamente muchos principios estadísticos, su alcance es necesariamente parcial y, en ocasiones, equívoco. Equiparar encuestas y sondeos es conceptualmente incorrecto e introduce distorsiones en la publicación de sus resultados.

Estas herramientas operan dentro del sistema político y electoral. Las firmas encuestadoras forman parte de un ecosistema político en el que compiten por mercado y reputación. Sus principales clientes, los medios de comunicación, no son actores neutrales, dado que son portadores de agendas editoriales que inciden en la opinión pública. En este marco, las encuestas registran tendencias, mientras los medios contribuyen a configurar las relaciones de poder.

Luego, los resultados de las elecciones presidenciales no se explican mediante las encuestas o sondeos. Estos instrumentos funcionan como fotografías de un momento específico; pues no capturan con suficiencia los hechos políticos, ni los cambios en las expectativas ciudadanas, y menos aún el voto efectivo en urna. Deben entenderse, por tanto, como ejercicios de aproximación, falibles como toda obra humana.

Por consiguiente, cualquier proyección sobre las elecciones presidenciales de Colombia en 2026 debe situarse en un plano más amplio: el del poder, las estrategias del juego político y mediático, y el comportamiento del electorado, que no es eminentemente racional. Porque hoy la decisión del voto está mediada por la crispación política, la identidad ideológica, el miedo, la incertidumbre y el azar.

La evidencia reciente resulta ilustrativa. Hasta mediados de mayo de 2026, las firmas encuestadoras estimaban el ascenso de Abelardo de la Espriella, sin precisar el orden de las intenciones de voto. El golpe de realidad emergió con los resultados de la primera vuelta. Tampoco se anticipó el fracaso electoral de Paloma Valencia. 

Del mismo modo, pocos proyectaron que en el podio electoral en Antioquia y el eje cafetero estaría ocupado por Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda. Sí coincidieron, en cambio, las estimaciones sobre la caída en la intención de voto de las candidaturas de centro lideradas por Sergio Fajardo y Claudia López.

De cara a la segunda vuelta, el análisis exige incorporar variables dinámicas. Para lo cual resulta central estimar la transferencia de votos desde las candidaturas de Paloma Valencia, Juan Daniel Oviedo, Sergio Fajardo, Claudia López y otras opciones minoritarias hacia las campañas de Abelardo de la Espriella o Iván Cepeda. Diversos análisis sugieren que estas transferencias podrían favorecer, en mayor proporción, a la primera candidatura, ampliando su ventaja relativa.

A ello se suman otros factores determinantes como las variaciones en la participación electoral y en la abstención, como pueden ser los casos en la Costa Caribe, Bogotá y Valle del Cauca, particularmente entre jóvenes e indecisos. Incluso elementos externos, como el calendario vacacional o el mundial de fútbol, o un “factor sorpresa”, pueden incidir en la participación electoral. En estos márgenes, más que en las estimaciones puntuales, se juega la definición del resultado de segunda vuelta.

En síntesis, todo pronóstico electoral debe asumirse como un ejercicio de aproximación, inherentemente falible y condicionado por la incertidumbre. Los datos orientan, pero no sustituye la complejidad de la realidad política, porque entre la medición y el resultado se abre un espacio donde operan la estrategia, la percepción y lo imprevisto. Es decir, es en el campo de la política donde finalmente los ciudadanos deciden y se configura el poder.


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