Ningún terremoto es el último, por fuerte que sea. Todos son recurrentes en las ciudades que tienen la mala suerte de haber crecido en la cercanía de fallas tectónicas. Seguirá temblando por siempre en Caracas, Chile, Japón, California y también en la menos conocida Cúcuta, donde hay tan poca conciencia de esa posibilidad como la que se tiene de la propia historia. Por eso, quizá pocos habitantes tengan presente que un gran terremoto destruyó hasta la última casa de la ciudad, dejando más mil muertos el mismo día en un pueblo habitado por un poco más de nueve mil personas. Eso fue hace 151 años, el 18 de mayo de 1875.
En ese entonces no se medían los sismos con los criterios actuales, pero se conjetura que aquel terremoto fue muy superior a siete grados en la escala de Richter. Los testimonios de sobrevivientes como Julio Pérez Ferrero -en su libro Conversaciones Familiares-, son muy elocuentes: “A las once y cuarto de la mañana, a la hora en que los habitantes en su mayor número almorzaban, sintióse un ruido subterráneo y prolongado, cual si se desprendiesen grandes masas interiores de la tierra, al que sucedió inmediatamente el primer sacudimiento de trepidación y enseguida otro y otros más de oscilación que destruyeron totalmente la ciudad en un muy corto número de minutos.
Nosotros vimos caer los edificios de toda una calle en que estaba la Botica Alemana, como caen las cartas de naipes en sucesión continua, en confusión horrible, pues sus edificios caían hacia afuera cubriendo las calles, otros sobre el interior, formando unos y otros montones de escombros, produciendo ruidos espantosos en el derrumbe de las paredes, junto con el crujir de las maderas, los gritos de espanto y de clamor de tantas víctimas; una nube espesísima de polvo producida al desplomarse los edificios nos envolvió a los sobrevivientes, penetrándosenos por la boca y narices hasta dificultarnos la respiración; y habríamos perecido indefectiblemente por asfixia, si un viento huracanado no hubiera arrastrado aquella nube de polvo. Despejado el horizonte pudimos darnos cuenta de lo acontecido. ¡Qué horror! Ni un solo edificio, ni una pared siquiera en pie se divisaba en la extensión abarcada por la vista.”
Quedó la ciudad arrasada a tal punto que fue posible hacer un nuevo trazado de sus calles y parques, para iniciar el siglo XX con las aceras y avenidas tan anchas y rectas que facilitaron la instalación de las líneas del tranvía cuya memoria está presente aún.
Lo que pasó en Caracas anteayer, y que pasará en Cúcuta en algunas décadas, como lo puede sostener cualquier geólogo, es la repetición de un evento natural periódico. El terremoto de Caracas de 1812 fue trágicamente memorable, y anteayer se reiteró, lo cual es un hecho que por su cercanía debería obliga a todos los alcaldes del Área Metropolitana de Cúcuta a tomar muy en serio la necesidad de diseñar una estrategia que nos prepare para el próximo terremoto nuestro, que sobrevendrá en cualquier momento. No sabemos si será mañana mismo, o en cincuenta años.
Desde hace veinte años están pendientes los estudios de microzonificación sísmica del AMC. También están pendientes los trabajos de reforzamiento estructural de la gran mayoría de los edificios públicos, colegios y hospitales de la ciudad, con pocas excepciones como el HUEM. Además, casi nada se ha hecho para sensibilizar y preparar a la población ante una emergencia que, en cualquier momento, inevitablemente llegará.
Caracas es un campanazo de alerta para Cúcuta. Ojalá lo advirtamos y estemos preparados lo suficiente para que cuando 1875 se repita, no seamos la noticia del día -para mal- en el mundo entero.
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