Pues cuando la sopa está. Eso digo a quienes toman el laboratorio literario que imparto por ahí, y hace referencia a cuando llega el momento de releer, borrar, reescribir y esperar el susurro o el grito, cuando el relato te dice que no hay que hacerle nada más. En la pintura pasa lo mismo, la obra te dice, no más, no me toques más, déjame así, no necesito más: esto es lo que soy. Unas semanas antes les he invitado a tener la antena encendida; en la calle, en el baño, en el mercado, en el parque, en el autobús, tal vez en un ascensor, en lo más íntimo de sus tripas. Que sean curiosas, que sean sabuesos, porque allí se esconden aquellas damas ocultas a simple vista que son las ideas.
La curiosidad. El título de este artículo puede ser llamativo si se tiene hambre y si esa laguna de agua con cosas dentro es de nuestro agrado. O si el hecho temporal de la pregunta abre –más que el apetito- la inquietud, el curioseo, que es otra manera de apetencia. Titular un cuento, una novela, una serie televisiva, un cuadro; ponerle el nombre a un niño, a una lancha, a un bus interurbano es una aventura. Titular es preguntar. Preguntar y preguntarse es la mejor de todas las aventuras.
¿Se han interrogado cuándo quisieron saber algo por primera vez? Otra aventura, la de escarbar en la memoria. Tal vez no lo logremos, pero en ese camino a la inversa nos iremos encontrando con otros interrogantes que nos asaltaron en la niñez o las ignoramos por naturaleza, como por ejemplo, cuando bebés, ¿qué era esa cosa redondeada y tibia, que tenía una saliente más oscura en el centro que calmaba nuestro llanto, nuestra sed? Mamábamos y punto. ¿Quién se acuerda? Ni herr Freud. Más grandecito, me preguntaba ¿por qué esa especie de peces oscuros que atrapábamos en los charcos, al cabo de unos días le salían patas, crecían, cambiaban de color y cualquier mañana se les caía la cola y cualquier otra estaban verdemente saltando entre las matas? O preguntarme ¿por qué el agua del sifón se iba haciendo círculos y no cuadrados? O preguntarse ¿por qué nunca te verás al derecho en el espejo? ¿por qué a los demás los vemos al revés?
Tengamos la edad que tengamos, siempre estamos a tiempo si es que hemos perdido esa práctica, ese instinto buscador, rebuscador, preguntador. Si la curiosidad mató al gato, pues que nos maten siete veces. Da Vinci, el ser humano más curioso de todos los tiempos no paró de preguntarse. (El mismo año en que otro curioso estaba pisando la isla de Guanahaní, Leonardo dibujaba el Hombre de Vitrubio). Sí, se preguntó, investigó, probó. Con el agua, con el aire, la tierra; con los huesos humanos, con los de los bueyes, con las vísceras. No se detuvo hasta sus últimos días, sabiendo que muchas de sus invenciones no se podrían realizar, es más, no lo perseguía. El sólo hecho de demostrarse un evento mecánico, una intuición aerodinámica, un descubrimiento fisiológico lo deslumbraba. Y luego a otra cosa, a la geometría, a las alas de las aves, la gravedad, los fluidos.
También se demoró demasiado en acabar algunos los cuadros que le fueron encargados. Tal vez se resistía a ese “déjame quieto”. O estaba ocupado aprendiendo, enseñándose. Cuentan que en uno de sus últimos cuadernos, mientras intentaba descifrar la cuadratura del círculo, trazando arcos, líneas y tomando apuntes a la luz de las velas, de pronto escribió: “etcétera, que la sopa se enfría…”
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