Con ocasión de mi último vuelo transatlántico, he tenido la oportunidad de ver la tercera entrega de Avatar, “Fuego y Cenizas”, de la mejor y peor manera posible al mismo tiempo. La peor, porque claramente todos los detalles de esta producción multimillonaria están pensados para ser disfrutados en un teatro gigantesco, preferiblemente en formato IMAX, y no en la diminuta resolución de la pantalla del asiento de delante con sólo un auricular funcionando. Y la mejor, porque no se me ocurre momento más idóneo que la soledad sin internet a diez mil metros de altura para aguantar sentado y concentrado durante las más de tres horas que dura la película. Al final reafirmé mis convicciones sobre el principal problema que desde el lejano 2009 viene arrastrando la franquicia: su curiosa incapacidad para crear auténticos fans.
Se trata de un caso tremendamente atípico, digno de convertirse en objeto de estudio en las facultades de arte del mundo, diría yo. Y es que, a pesar de contar con dos de las tres películas más taquilleras de la historia, pareciera que prácticamente nadie se desvive por su universo como sí pasa con otras grandes sagas cinematográficas, como Harry Potter, Star Wars, El Señor de los Anillos o los superhéroes de Marvel y DC (si no piensen: ¿cuándo fue la última vez que alguien les dijo que su película favorita era Avatar?... ¡Exacto!). Títulos con presupuestos muchísimo más modestos y que no han desencadenado una revolución visual en la industria con cada nuevo capítulo tienen legiones de fans mucho más organizados moviendo cientos de millones en merchandising. Nada de eso pasa aquí.
Y no es que Avatar nos plantee una propuesta carente de profundidad, todo lo contrario, es evidente cómo James Cameron se ha esmerado en hacer de Pandora un mundo tremendamente rico que sólo consigue expandirse estreno tras estreno. Con un gran trabajo de diseño de criaturas, vehículos, vegetación, artefactos y lore, que mezcla virtuosamente lo último en tecnología futurista con la narrativa natural, casi mística, de las creencias autóctonas del pueblo Na’vi, Avatar ha construido un producto con tantísimas capas de complejidad que no tiene absolutamente nada que envidiarles a sus competidores y que podría darle horas de desarrollo y especulación a fieles seguidores empeñados en desentrañar todos sus misterios. Un potencial desaprovechado que permanece allí, dirigido y puesto a disposición de un público que, tal vez, simplemente no existe.
La franquicia también ha cometido grandes errores de cálculo que le han penalizado. Hacer esperar 13 años a sus espectadores para lanzar una secuela sin productos entre medias (ni una serie, ni cortos ni nada) es sencillamente insostenible y extender el metraje durante tantas horas que rozan el desafío físico para el cuerpo hace que, como en mi caso, te veas la película una vez en un avión casi por cumplir, pero se te quiten las ganas de repetírtela en plan dominguero. Y es justamente allí, en la revisita posterior, más sosegada y libre de prisas, donde se forja la lealtad de los fans y la inmortalidad del relato.
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