Este fin de semana decidí caminar sin afán por el centro histórico de Bogotá. No iba buscando una noticia, ni una estadística, ni siquiera una inspiración para escribir. Solo quería recorrer en compañía de mi madre, esas calles que mezclan historia, arquitectura y turismo. Sin embargo, bastaron pocos metros para comprender que el verdadero patrimonio de la ciudad no estaba únicamente en sus edificios coloniales, sino en los miles de colombianos que, con una caja de dulces en la mano o un termo de café al hombro, luchan todos los días por sobrevivir.
En menos de una hora me ofrecieron golosinas, aguas aromáticas, café, sombreros, dulces típicos, artesanías, figuras del Mundial de Fútbol, cargadores para celulares, paraguas, bolsas ecológicas y hasta libros usados. No recuerdo haber dado diez pasos seguidos sin que alguien intentara venderme algo con una sonrisa que escondía, quizás, la angustia de regresar a casa sin dinero suficiente, para alimentar a su gente que seguro lo espera en condiciones de pobreza extrema.
Entonces en mi mente inquieta apareció una pregunta inevitable: ¿estas personas hacen parte de las estadísticas del DANE? Probablemente muchas sí, porque el concepto de ocupación incluye a quienes trabajan por cuenta propia, incluso en condiciones precarias. Pero la verdadera pregunta debería ser otra: ¿aparecen realmente en las políticas públicas como trabajadores que requieren protección social, estabilidad y oportunidades?Porque una cosa es contar personas y otra muy distinta es protegerlas, oferta que paso 4 años sin pena ni gloria, de discurso y discurso no se hace más que un nido.
Lo inquietante es que esta reflexión surgió únicamente después de caminar por una zona turística, vigilada y relativamente organizada de la capital. Si esa fue la realidad visible en uno de los lugares más concurridos del país, ¿qué estará ocurriendo en los barrios periféricos de Bogotá, en las plazas de mercado, en los municipios intermedios, en los pueblos olvidados y en las demás regiones de Colombia donde la informalidad constituye, muchas veces, la única alternativa para llevar alimento a la mesa?
La informalidad laboral dejó hace mucho tiempo de ser una excepción. Se convirtió en un modelo silencioso de supervivencia. Detrás de cada vendedor ambulante existe una historia distinta: algunos fueron despedidos y jamás lograron regresar al empleo formal; otros nunca encontraron una oportunidad; muchos son adultos mayores sin pensión; algunos migraron buscando un futuro mejor; otros simplemente descubrieron que el mercado formal cerró sus puertas antes de abrirlas.
No hablamos únicamente de la ausencia de un contrato de trabajo. Hablamos de personas sin cotización a pensión, sin afiliación efectiva al Sistema General de Riesgos Laborales, sin estabilidad económica, sin vacaciones, sin cesantías, sin licencias remuneradas y, en muchos casos, sin acceso permanente a servicios de salud financiados por su actividad productiva. Basta un accidente, una enfermedad o una disminución en las ventas para que desaparezca el único ingreso familiar.
Paradójicamente, solemos admirar el espíritu emprendedor de quien vende en la calle, pero pocas veces nos preguntamos por qué terminó allí. Confundimos resiliencia con resignación y emprendimiento con necesidad. No todo vendedor informal eligió ser independiente; muchos simplemente no encontraron otra opción.
La economía colombiana no puede seguir evaluándose únicamente por indicadores de crecimiento si millones de personas continúan trabajando sin protección. El verdadero desarrollo no consiste solo en aumentar el PIB (se los explico en mis clases), sino en construir empleo digno, formal y sostenible. La formalización no es un favor del Estado ni una carga para el empresario; es una condición indispensable para garantizar derechos fundamentales y fortalecer la productividad del país de la mano de las empresas saludables confiadas en un mañana de prosperidad innovación y desarrollo.
Quizá el mayor fracaso de una sociedad como la nuestra no sea la existencia de vendedores informales, sino acostumbrarse a verlos como parte natural del paisaje urbano. Cuando normalizamos la informalidad dejamos de preguntarnos por sus causas y, peor aún, dejamos de buscar soluciones.Y mientras seguimos discutiendo cifras de crecimiento, reformas laborales, reformas pensionales o indicadores económicos, miles de colombianos continúan recorriendo las calles vendiendo lo que pueden para sobrevivir un día más.
La próxima vez que caminemos por cualquier ciudad del país, quizá deberíamos dejar de preguntarnos cuánto cuesta el producto que nos ofrecen y comenzar a preguntarnos cuánto le está costando a Colombia seguir aceptando la informalidad laboral como si fuera el precio inevitable de vivir.
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