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El duelo como dignificación
La fidelidad de un recuerdo no se mide por su precisión histórica, sino por su capacidad de salvación.
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Miércoles, 29 de Julio de 2026

La fidelidad de un recuerdo no se mide por su precisión histórica, sino por su capacidad de salvación. El cerebro no deforma por engaño; recrea por amor y por dignificación. En ese proceso silencioso configura un legado que honra a quienes ya no están, gracias a ese aprendizaje temporal que llamamos duelo.

Cuando mis padres fallecieron, comencé a preguntarme por el duelo y la memoria. Del primero aprendí, parafraseando a Juan David Nasio, que el duelo es el tiempo que necesitamos para aprender a vivir y amar de una manera distinta a quien ya no está. De la segunda, leyendo a Paul Ricoeur, comprendí que la memoria no es un simple depósito de recuerdos; es la mediadora indispensable entre el tiempo y la identidad, el tejido solemne que impide que la vida se reduzca a una sucesión de instantes que se desvanecen y permite convertirla en una historia con sentido.

Según Ricoeur, para habitar el pasado sin sucumbir a la "ilusión retrospectiva de la fatalidad" (esa emboscada melancólica que nos hace creer que lo sucedido no pudo haber ocurrido de otra manera) es necesario un esfuerzo activo de la voluntad. Retomando a Aristóteles, introduce la noción de anamnesis: el trabajo de remontar los recuerdos intermedios hasta encontrar una huella perdida. En el duelo, la anamnesis es el esfuerzo del alma por no perder el rastro de quien se ha ido. Junto a ella aparece la eikón, la imagen-presencia de una ausencia; no contemplamos únicamente una representación mental, sino el vestigio de una vida que, aunque ya no está, verdaderamente fue.

A estos conceptos se suman otros dos fundamentales: el horizonte de espera y la deuda. El primero es el conjunto de proyectos, esperanzas y temores que proyectan nuestra existencia hacia el mañana y otorgan dinamismo a la conciencia. La segunda expresa el compromiso ético que nos vincula con quienes nos precedieron; la deuda no es únicamente una obligación moral, sino también una necesidad narrativa: contar para hacer justicia.

Ricoeur distingue el pasado como "ya no" del pasado como "carácter de haber sido". Esta última idea constituye uno de los pilares de su pensamiento. Lo que ha sido jamás puede ser borrado de la realidad; esa certeza rescata a nuestros seres queridos del abismo del "ya no es" para integrarlos al "siempre fue". En ese tránsito aparece lo que denomina el trabajo del duelo: recordar verdaderamente exige aceptar que lo amado ha desaparecido en su materialidad. Solo entonces el trabajo de la memoria puede desplegarse plenamente; al aceptar la pérdida, el ser humano se libera de la compulsión de la repetición y transforma la deuda con el pasado en un proyecto. La historia deja de ser una cárcel para convertirse en horizonte.

Todo ello conduce, en la perspectiva de Ricoeur, a una ética del cuidado de lo inolvidable. El duelo permite transitar de una memoria herida hacia una memoria justa. En ese proceso, la selectividad de la memoria no representa un fracaso de la exactitud histórica, sino una estrategia de configuración narrativa y de protección vital. Al recordar a los padres, operamos una reconciliación: la memoria selecciona, reorganiza e incluso resignifica imágenes para construir un relato que otorgue sentido frente a la destrucción del tiempo. No se trata de falsear la historia; se trata de honrar la esencia del vínculo.

Ricoeur afirma que el pasado es un "cementerio de promesas incumplidas". Nuestros padres no son únicamente aquello que hicieron, sino también aquello que soñaron ser y no alcanzaron a realizar. Honrarlos consiste, en parte, en rescatar esos proyectos frustrados, esas promesas inconclusas, y ofrecerles una nueva posibilidad de existencia en el horizonte de espera de los hijos. Al final, somos seres narrados por nuestros vínculos; vivimos del cuidado de lo inolvidable y encontramos en la dignificación de quienes amamos una forma de herencia y, también, una manera de habitar el mundo.


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