Un encuentro casual
Mario y Glenda se conocieron menos de dos semanas antes del crimen, cuando coincidieron, al parecer de manera casual, en la calle. Sin embargo, la sospecha de que él la hubiera estado siguiendo desde tiempo atrás sigue siendo materia de investigación.
Un dato importante es que el hombre trabajaba en un paradero de taxis ubicado junto a la parroquia Santo Domingo Savio, el mismo templo al que la mujer asistía a misa todos los domingos. Por ello, no se descarta que allí la hubiera identificado.
Según sus familiares, el hombre se ganó rápidamente su confianza al contarle que, supuestamente, su madre padecía un grave problema de salud y necesitaba una elevada suma de dinero para su tratamiento. Nunca se estableció si llegó a pedirle dinero o si ella se ofreció a ayudarlo; sin embargo, esta situación podría estar relacionada con el móvil del crimen.
Además, el hombre supuestamente tenía previsto viajar a Bogotá a comienzos de junio y días antes le había comentado que "iba a trabajar mucho para conseguir parte del dinero". Otro aspecto que hace parte de la investigación es la desaparición de una suma de dinero que Glenda guardaba en su apartamento.
Le puede interesar: Habrían llegado de Cali para desatar una ola de sangre en Ocaña y los hallaron escondidos en un hotel
¿Pecó de inocente?
Haber confiado en ese hombre terminó convirtiéndose, presuntamente, en la sentencia para una vida intachable que acabó de la peor manera. Quienes la conocieron coinciden en describirla como una mujer generosa y profundamente humana.
"Fue muy dedicada a sus padres, al servicio de los demás y muy católica. Era muy inocente, muy buena persona; no tenía malicia", relató un familiar.
Esa imagen también es respaldada por las generaciones de estudiantes que formó durante más de 40 años como profesora de idiomas. Muchos de sus exalumnos recuerdan que dejó de ser solo una docente para convertirse en mentora y amiga. Varios de ellos incluso la acompañaron en su despedida durante los primeros días de mayo.
Ese día estuvo rodeada de su familia, especialmente de la hija de uno de sus sobrinos, a quien consideraba "la nieta que la vida no me dio", como solía decir. Glenda nunca tuvo hijos, pero dedicó los pocos años que disfrutó de su jubilación a compartir con sus seres queridos.
Lea más: Con escombro y puñal, casi lo matan en una riña en el barrio La Conquista de Cúcuta
Su último cumpleaños, el 25 de marzo, fue una verdadera celebración. En la casa de un familiar incluso le llevaron una parranda vallenata, pues era ampliamente conocido el gusto que sentía por ese género musical, tan acorde con la alegría que siempre la caracterizó.
Tres años antes había dejado las aulas, después de toda una vida dedicada a la docencia. Cambió los salones de clase por los encuentros familiares.
"Qué alegría poder dormir y ya no tener que madrugar a las cuatro de la mañana", decía entre risas a sus allegados, mientras disfrutaba de una jubilación que terminó siendo demasiado corta.
Durante ese tiempo también aprovechó para viajar junto a su familia. Su última travesía fue a Cartagena y ya planeaban un viaje al extranjero para este año, un proyecto que, como muchos otros sueños, quedó truncado.
Hoy, sus familiares insisten en desmentir las versiones que han afectado la imagen de una mujer trabajadora, víctima de uno de los crímenes más estremecedores registrados en Cúcuta durante este año.
Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en http://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion.