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El estruendo de la incultura
Las ciudades se reconocen por la armonía de sus plazas, la escala de sus calles o la calidad de sus espacios públicos en sintonía con el respeto de los ciudadanos hacia estos y entre sí.
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Miércoles, 14 de Octubre de 2026

Las ciudades se reconocen por la armonía de sus plazas, la escala de sus calles o la calidad de sus espacios públicos en sintonía con el respeto de los ciudadanos hacia estos y entre sí. Cúcuta, se hace notar por el ruido y parece haber confundido la vitalidad urbana con el estrépito, la libertad con la ausencia de límites e irrespeto y el espacio público en tierra de nadie.

El ruido es quizá la manifestación más democrática de la incultura, porque cualquiera puede producirlo, pero no deberíamos estar obligados a soportarlo: equipos de sonido que convierten la calle en una cantina, motocicletas con el exhosto modificado como manifiesto de virilidad, establecimientos que se disputan clientes a más de 120 decibles y vecinos ignorantes que parecen desconocer la existencia de los demás. Cúcuta (desafortunadamente) se transformó así en una competencia acústica donde prevalece quien más aturde o grita. El silencio que añoramos termina siendo apenas un privilegio doméstico.

El ruido ensordecedor es la expresión de una patología más grave que es la incapacidad de comprender que vivir en sociedad exige reconocer al otro, el civismo consiste en aceptar que nuestra libertad encuentra su medida en la libertad ajena más allá de obedecer por temor a las normas. Un perifoneo, residuos arrojados a la calle o parlantes que invade la tranquilidad domestica son gestos aparentemente menores que acumulados revelan la concepción rudimentaria de la ciudadanía.

La ocupación indebida del espacio público completa el paisaje. Andenes convertidos en mercados, estacionamientos improvisados, mercancías que expulsan al peatón y vehículos que reclaman como propiedad privada aquello que pertenece a todos, todo en ausencia de un Manual de Espacio Público. La ciudadanía en general, tercera edad, personas con movilidad restringida y los niños quedan relegados a sortear obstáculos y caminar por la ciudad es una carrera de supervivencia por que el espacio público, que debería ser la expresión física de la igualdad, es el escenario de la ley del más fuerte o del más ignorante.

Las ciudades se planifican mediante planes, con usos, tratamientos y la visión de que el bienestar general prevalezca sobre el individual a través de normas, pero su aplicación depende de la cultura de quienes las habitan. Ningún POT puede sustituir el respeto por los demás, así como ninguna actuación urbana puede prosperar cuando la apropiación colectiva degenera en apropiación particular. Está responsabilidad no recae exclusivamente en los ciudadanos. Las administraciones que toleran las infracciones convierten el irrespeto en costumbre y la norma en algo ajeno a la idiosincrasia. El control del ruido, la recuperación de los andenes y la regulación efectiva de las actividades comerciales requieren autoridad, continuidad y pedagogía.

Cúcuta necesita un mejor urbanismo y reivindicar el espacio público como verdadero recinto de la ciudadanía. Una ciudad cálida y de frontera no tiene por qué ser estridente, una ciudad comercial no debe ser intransitable y una ciudad abierta no puede prescindir de las reglas que hacen posible la convivencia.

Porque la civilización no se mide por la cantidad de vehículos que circulan o de negocios ruidosos que estremecen. Se mide, por la capacidad de compartir sin pasar por encima de los demás para rescatar el sentido de la “polis” y “civitas” para pasar de ser un conjunto de asentamientos a una ciudad capital metropolitana.


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