No hay nada más escalofriante y aterrador que encontrarse en medio de un desastre natural, como una tormenta o un terremoto; en ese momento no hay nada que se pueda hacer más que ponerse a salvo y rezar para que todo termine pronto.
Recuerdo mi primera experiencia en una situación como esta. Tenía 5 años y estábamos en la casa de Bucaramanga, cuando después de acostarnos empezó un ruido ensordecedor, los vidrios se estremecían y la cama se tambaleaba de un lado para otro, alcancé a escuchar a mi mamá gritar “está temblando, salgamos de la casa”. Volando, ya estábamos en la mitad de la calle, con otros vecinos. Se había sentido el terremoto de Caracas de 1967. Claro que esto no se supo sino hasta el otro día cuando leímos la Vanguardia Liberal, porque en ese entonces las noticias no viajaban tan pronto como hoy. Aunque no nos había pasado nada y solo se notaban algunas grietas en las paredes del patio de la casa, mi mamá se mantenía en zozobra porque mi papá ya se encontraba trabajando en Venezuela, y como suele suceder en estos casos, las comunicaciones se hacían difíciles. No fue sino hasta el día siguiente cuando llegó un telegrama con el mensaje “estoy bien, aquí en Puerto La Cruz no se ha sentido nada”, trayendo de vuelta la tranquilidad a toda la familia.
Para hoy en día muchas cosas han cambiado, sobre todo en lo que a la transmisión de la información se refiere, no al miedo, que sigue siendo el mismo. En el siglo pasado solamente los periodistas eran quienes contaban con cámaras para compartir las escenas, ahora casi todo el mundo tiene un teléfono donde graba y envía las imágenes a una “nube” o red social, que es fácil de ver para los demás. Esto nos permite apreciar actos heroicos, nobles, dramáticos, injustos, etc., de hecho, los testigos pueden perder la noción de lo que es importante y priorizar la filmación antes de ayudar, pero por otro lado, enterarnos de lo que sucede en tiempo real nos permite solidarizarnos con el sufrimiento ajeno y empezar a colaborar, de muchas formas.
Esa es la naturaleza humana, por definirlo de alguna manera. Ponernos en el lugar del otro, del que sufre, es la expresión de los sentimientos más nobles que puede existir, solo los psicópatas carecen de esto. Sin embargo, es necesario estimularla y enseñarla desde que somos niños. La hija de uno de mis pacientes que vive en Venezuela le comentó que tenía mala suerte, porque en el colegio habían suspendido el acto de graduación que ya tenían programado, él le dijo algo como esto, “es probable hija, pero peor suerte tienen los que murieron, los que quedaron sin casa, los que perdieron a sus familiares, o los que todavía están bajo los escombros sin saber si serán rescatados”. Esto le permitió a la adolescente de 16 años contar con otro punto de vista y, sobre todo, aprender a ser empática.
Aun así, que los sobrevivientes continúen con su vida normal también es un mecanismo de defensa, necesario y apropiado. Es fundamental un periodo de duelo, solidaridad y respeto, antes de proseguir con su día a día. Con el tiempo, los que venden seguirán vendiendo, los que ríen seguirán riendo, los que celebran el gol de Colombia lo seguirán haciendo, porque la normalidad no significa olvidar el dolor, sino que la vida nos obliga a colocarnos una máscara para seguir funcionando adecuadamente, como bien lo dice Javier Solis en su canción Sombras, “tras de mi careta, oculto mi tristeza”.
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