Así no sea mi deporte favorito, el fútbol ha sido parte de mi vida. La casa de mis nonos quedaba a solo dos cuadras del Estadio General Santander y del barrio Quinta Bosch, donde pasé mi infancia. Estaba tan cerca del “Coloso de Lleras” que se escuchaba la algarabía tras cada gol. Traté, infructuosamente, de aprender a jugar en sus calles cuando todavía se podía y en el parque de La Ceiba, hasta que una Navidad me regalaron una raqueta de tenis y dejé de preocuparme por el balón.
Estos recuerdos, que seguro muchos comparten con un apego mayor, reflejan un vínculo emocional extraño: nos volvemos hinchas del equipo local y del país en que nacemos, haciendo cada vez más difícil ver un partido de forma neutral, objetiva y tranquila, sin que el corazón se quiera salir del pecho.
Tengo muy buenos recuerdos; algunos tan vivos como si los hubiera experimentado, como el histórico 4-4 entre Colombia y la Unión Soviética en el Mundial de Chile 1962. Colombia perdía por tres goles y logró empatar gracias al único gol olímpico anotado en una Copa del Mundo, obra de Marcos Coll frente al legendario Lev Yashin, la “Araña Negra”. Esto me lo contó mi papá en 1986, en medio de la efervescencia del Mundial de México. Allí sí pude ver en directo cómo Maradona, en el Estadio Azteca, “sacó” a cinco jugadores desde antes de la mitad de la cancha para anotar uno de los mejores goles de la historia; aunque luego decepcionara al celebrar con orgullo aquel gol con la mano.
Como arquitecto, ese vínculo emocional se ha mantenido. Uno de mis primeros trabajos fue ser el residente de obra en la Plaza Banderas mientras avanzaban los trabajos de acondicionamiento del estadio para la participación del Cúcuta Deportivo en la Copa Libertadores. Siempre he admirado cómo la ingeniería y la arquitectura tejen una relación espacial estrecha entre jugadores y espectadores; inquieta ver cómo en cada fecha los olores, colores y cantos se mezclan con las estructuras para crear una experiencia única que jamás transmite la televisión.
Sin embargo, las pantallas hoy muestran mucho más de lo que quisiéramos ver. Expuestas desde múltiples ángulos y en cámara lenta, conviven la belleza técnica y el comportamiento soez, mezquino y antideportivo reflejado en faltas, hostilidad y provocaciones. A veces el fútbol es injusto, en especial cuando apoyamos a nuestros equipos o a selecciones lejanas que se ganan el afecto a punta de talento. Esas decepciones suelen perdurar más que las victorias efímeras.
En la final de este Mundial, la mayor e imborrable decepción habría sido que la patanería, el juego sucio, la rudeza y el odio desembocaran en éxito. Finalmente, y tras múltiples intentos y muestras de tenacidad, el balón de Ferran Torres entró en la portería correcta, otorgando un triunfo justo y merecido a España. Si bien debiéramos apoyar al equipo de nuestro continente, por verdadera deportividad muchos admiramos al equipo que supo combinar el talento individual con el trabajo colectivo, no dejarse provocar e insistir hasta alcanzar su segunda Copa del Mundo.
El equipo español ha dado una lección de deportividad, no solo a los aficionados, sino a dirigentes y políticos. Nos ha dejado una enseñanza sobre cómo debemos funcionar como sociedad, entendiendo que no todo vale con tal de satisfacer intereses.
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