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Gonzalo Arango: el profeta de la nada, cincuenta años después
A medio siglo de aquel suceso, lo que queda no es la leyenda, sino la lección de un hombre que decidió vivir bajo sus propias reglas.
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Martes, 23 de Junio de 2026

El 25 de septiembre de 1976, la vida de Gonzalo Arango Arias se detuvo en una carretera cerca a Gachancipá, mientras se dirigía a Villa de Leyva. Han pasado cincuenta años desde aquel accidente que truncó un trayecto vital que aún tenía mucho por recorrer.

Aquel hombre, nacido en Andes, Antioquia, parecía no traer el destino de escritor trazado; de hecho, sus primeros años estuvieron marcados por la dificultad de aprender a leer, una paradoja para quien más tarde terminaría convirtiendo las palabras en su herramienta de batalla.

Arango lideró el nadaísmo, un movimiento que, sin adornos, surgió para desafiar la rigidez moral y el inmovilismo cultural de la Colombia de los años 50. No buscaban el vacío por el vacío mismo, sino limpiar el terreno de dogmas y certezas petrificadas para que el pensamiento pudiera cobrar aliento. Fue una apuesta por la autenticidad en un país que prefería el silencio cómodo a la duda incómoda.

 Este proyecto fue una aventura compartida. Gonzalo solía hablar de sus “doce apóstoles”, un grupo de voces rebeldes que se atrevieron a firmar los manifiestos que sacudieron la academia. A su lado estuvieron figuras como Jaime Jaramillo Escobar (X-504), Jotamario Arbeláez, el lúcido Eduardo Escobar, el inconfundible Amílcar Osorio, el narrador Elmo Valencia, así como Darío Lemos, Mario Rivero y Jaime Espinel. Entre esas filas, para nosotros, los de estas tierras, destaca con luz propia David Bonells Rovira.

Nuestro querido poeta nortesantandereano integró esta cofradía y trajo, con su impronta personal, el espíritu de la vanguardia a la identidad cultural de Cúcuta, demostrando que la poesía es una forma viva de exigencia. Esa estela de inconformismo no se agotó en las plazas; se filtró en el ADN de una generación que entendió la escritura como un acto de resistencia constante ante lo establecido.

El recorrido de Gonzalo Arango no fue plano. Más allá de su rebeldía, fue fundamental su profunda amistad con el "Mago de Otraparte", Fernando González. Aquel vínculo con el maestro de Envigado nutrió su espíritu y le ofreció un refugio intelectual donde la profundidad filosófica primaba sobre cualquier postura radical. Esa búsqueda de autenticidad, que lo llevó desde la provocación pública hasta una introspección espiritual más serena, es lo más valioso de su historia: la valentía de no dejarse encasillar y la capacidad de entender que, con el tiempo, las verdades de la juventud necesitan el contraste de la madurez.

A medio siglo de aquel suceso, lo que queda no es la leyenda, sino la lección de un hombre que decidió vivir bajo sus propias reglas. Recordar a Arango, y celebrar junto a él la memoria de nuestro entrañable David Bonells Rovira y de toda esa generación de poetas, es reconocer que la literatura en Colombia fue mucho más que libros acumulados en el olvido. Fue, y sigue siendo, el testimonio de quienes entendieron que la mayor libertad posible es decir lo que se piensa, incluso cuando el mundo prefiere que guardemos silencio. Cincuenta años después, el profeta de la nada sigue teniendo mucho que decirnos.


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