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Ignacio José Gómez Aristizábal: adiós al pastor
A pesar de haber salido de Ocaña hace más de treinta años, jamás olvidó a sus feligreses
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Martes, 9 de Junio de 2026

La noticia de la muerte de monseñor Ignacio Gómez Aristizábal, a sus 96 años, nos ha dejado en los naturales de Ocaña un vacío hondo, de esos que solo provocan los hombres que se vuelven raíces en la tierra que pisan. Sus restos ya recibieron el último adiós en la Catedral Basílica de la Inmaculada Concepción de Santa Fe de Antioquia, pero su espíritu se queda a vivir para siempre en cada rincón de la provincia, la misma que gobernó espiritualmente durante veinte años como su segundo obispo.

Llegó a Ocaña en 1972. Era un sacerdote paisa, nacido en El Peñol, que traía una formación en Ciencias sociales en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, pero cuyo verdadero mérito fue entender, desde el primer día, que, para hablar del cielo a una comunidad golpeada por el olvido, primero había que dignificarle la vida en la tierra y darle herramientas para construir sus propios sueños. Monseñor Ignacio no fue un obispo de escritorio ni de sacristías cerradas; entendió que su mitra y su báculo debían estar al servicio del desarrollo de una región compleja que se extendía por el Catatumbo y el sur del Cesar.

Su legado en Ocaña es monumental porque transformó el tejido social. Su obra cumbre, Crediservir, nació de su empeño por ofrecer una alternativa justa a los campesinos y pequeños comerciantes, creando un modelo de economía solidaria que hoy sigue siendo el pulmón financiero de miles de familias. Sabía también que el aislamiento era el peor enemigo. Por eso, apostó por la comunicación popular: bajo su ala se consolidó Radio Catatumbo en Ocaña y fundó La Voz de Aguachica, llevando educación, compañía y un aliento de esperanza a todos aquellos hogares apartados que encontraban en el dial su principal punto de encuentro.

A pesar de haber salido de Ocaña hace más de treinta años, jamás olvidó a sus feligreses; siempre atendía solícito sus llamados y cooperaba con entusiasmo con los medios de comunicación de la región.

Por todo esto, la provincia lo quiso con un afecto limpio. La gente lo sentía suyo y por eso valoramos que los homenajes son importantes en vida, cuando el abrazo aún puede recibirse. En 2019, la gran familia de Crediservir le rindió ese tributo sincero en su sede principal. Allí se develó un busto en bronce tallado a la cera perdida por el escultor Alfredo Araújo Santoyo.

Quienes asistieron guardan en la memoria la lucidez y el humor de aquel pastor que, al verse frente a frente con su propia imagen reflejada en el metal, soltó una frase maravillosa: “En mis 89 años de vida no conozco escultor tan fiel: ¡ese soy yo!”.

 Hoy que el obispo bonachón y risueño ha emprendido su viaje definitivo, ese busto de bronce sigue custodiando el vestíbulo de la cooperativa en Ocaña como un fiel recordatorio de lo que se edificó bajo su visionaria guía. Monseñor Ignacio ya no está, pero su impronta permanece intacta en el desarrollo, las instituciones y el progreso que consolidó a lo largo de su ministerio en la provincia y en Aguachica. Se ha ido el pastor, pero quedan sus monumentales realizaciones. Era hermano del célebre abogado penalista Horacio Gómez Aristizábal.


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