Suscríbete
Elecciones 2023 Elecciones 2023 mobile
Columnistas
La captura de Rita
Todo sucedió en la mañana del reciente pasado 30 de septiembre en la urbanización Zulima, Tercera Etapa, de Cúcuta.
Authored by
Lunes, 12 de Octubre de 2026

 

Cuanto voy a referir a continuación no es un cuento; la esencia del relato es real, solo que las licencias de escritor me permiten adobarlo un poco. También se han cambiado algunos nombres.

Todo sucedió en la mañana del reciente pasado 30 de septiembre en la urbanización Zulima, Tercera Etapa, de Cúcuta.

Doña Alba aún permanecía en piyama, y se dedicaba al aseo general. No le prestó atención a la llegada de los policías. Su hija, Mileidy, dirigente comunal, creyó que ellos venían a hacerle la ronda de protección habitual, por lo que se sorprendió cuando empezaron a tomarle fotos a la casa. Y más se impactó cuando le pidieron permiso para entrar pues debían comprobar el motivo de una denuncia.

A pesar de la hora tempranera, los vecinos comenzaron a congregarse en la calle, y a murmurar y a conjeturar alarmados: ¿Qué estará pasando en la casa de doña Alba? Ella, tan correcta, culta, piadosa y ejemplar en todo, al igual que sus hijos y sus nietos, ¿en qué estará metida?  ¿Drones y bombas? ¡Uy, qué peligro para el barrio! ¿Estupefacientes? ¿Algún secuestrado? ¿Será que esconden a algún duro de la guerrilla?  ¡La vaina es grave porque semejante despliegue policial! ¿Grave?, se preguntó el celador de la cuadra, y se contestó: gravísimo.

Algún mamagallista añadió: Lo único que falta es que aparezca el presidente Abelardo comandando el operativo y diciendo: ¡Bienvenidos a la Patria Milagro!

Las hipótesis aumentaron cuando oyeron la alerta de un policía: ¡Cuidado que se puede volar!

Un agente le mostró a Mileidy un papel y le dijo: Según el denunciante, lanza gritos a medianoche, y no deja dormir. ¡Ah!, ¿y por qué la jaula?, preguntó, sin abandonar la mano de la pistola.

Afuera, en la calle, esas palabras resonaron y la gente las interpretó:  al que sea que tienen allí, lo tienen enjaulado.

Mileidy firmó el acta y se comprometió a comparecer a la inspección de policía.

Al día siguiente, doña Alba y Mileidy asistieron a aquella oficina. Doña Alba alegó: yo soy la dueña de la casa y respondo por lo que allí hay y suceda, y no mi hija. La inspectora le replicó que respondía quién había firmado el acta. Ella firmó – dijo la matrona - porque no entendía de qué se trataba y por la intimidación de los policías.

La inspectora en un principio se negó a revelar el nombre del acusador, pero les anticipó: es alguien que les siente mucha rabia.

Y fue dictando la condena: Su conducta se sanciona con una multa de quinientos mil pesos, pero si cancelan dentro de los cinco días siguientes, se les rebaja a doscientos treinta mil pesos, entregan al animal, y se les levanta el comparendo.

Doctora – dijo doña Alba con toda su cortesía – en ese sector hay por lo menos veinte loros, a los que todos los vecinos, hasta los mismos policías que patrullan por allí, los oyen chillar, hablar y cantar, ¿y por qué la ley no se aplica a todos?  La inspectora no respondió.

Rita, una bella lora, mansa y cariñosa, que no dice malas palabras, se crió en ese hogar. Era un miembro más de la familia. La compañía y la consentida de chicos y grandes. Mas, como se debía cumplir la orden administrativa, fue llevada a un lugar de confianza, guardado como secreto.

Cuando van a visitarla, Rita se alborota de la alegría y empieza a nombrarlos: ¡Abuela! ¡Mileidy! ¡Camila!, ¡Andrés!, y a repetir su repertorio: ¡Más pan! ¡Andrés, vaya a la tienda!  ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Aguacates, aguacates! ¡Llegó Juan Carlos! ¡Riiita, Riiita, Riiita!


Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en http://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion . 

Temas del Día