Existe una palabra que todos pronunciamos con facilidad, pero que casi nadie soporta escuchar cuando se le devuelve como espejo: hipocresía. La usamos para señalar al político, al periodista, al empresario, al líder religioso, al activista o al vecino; rara vez para interrogarnos a nosotros mismos. Tal vez por eso sea una de las palabras más incómodas del lenguaje moral: porque no describe únicamente un defecto ajeno, sino una posibilidad permanente de la condición humana.
Su origen resulta revelador. Hipocresía proviene del griego hypókrisis, que designaba al actor del teatro clásico; aquel que interpretaba un personaje detrás de una máscara. No había entonces un juicio moral, solo una representación. Con el tiempo, especialmente en la tradición cristiana, la máscara dejó de ser un recurso teatral para convertirse en una metáfora ética: el hipócrita pasó a ser quien aparenta una virtud que no práctica. La pregunta, sin embargo, sigue siendo inquietante: ¿acaso no llevamos todos alguna máscara?
François de La Rochefoucauld dejó una de las definiciones más brillantes que se hayan escrito sobre el tema: "La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud." La frase encierra una paradoja extraordinaria; incluso quien actúa mal siente la necesidad de parecer bueno. La corrupción busca discursos de transparencia; la violencia reclama justicia; la mentira suele envolverse en el lenguaje de la verdad. La virtud conserva tanto prestigio que hasta sus adversarios necesitan disfrazarse de ella.
Quizá por eso Molière escribió Tartufo, una obra donde la falsa santidad se convierte en instrumento de poder. Y siglos después Erving Goffman recordaría que toda vida social implica una representación; todos actuamos distintos papeles según el escenario. El problema no es usar máscaras (eso parece inevitable), sino terminar creyendo que la máscara es nuestro verdadero rostro.
En política esta reflexión adquiere una dimensión todavía más protuberante;la hipocresía no tiene ideología; cambia de color, de bandera y de consigna. La izquierda puede denunciar unas injusticias mientras guarda silencio frente a otras; la derecha puede invocar la libertad mientras tolera restricciones cuando le resultan convenientes. Los principios suelen ser universales... hasta que empiezan a irritar a los propios. La indignación también selecciona cuidadosamente sus víctimas. Como ciudadanos, tampoco estamos exentos; solemos exigir transparencia a los gobernantes mientras justificamos pequeñas deshonestidades cotidianas. La coherencia, muchas veces, termina siendo una virtud que reclamamos hacia afuera y administramos con indulgencia hacia adentro.
Las redes sociales han agravado este fenómeno; nunca fue tan sencillo construir una identidad moral en público; basta una publicación, un pronunciamiento oportuno o un gesto cuidadosamente exhibido. Vivimos en una época donde parecer correcto produce más reconocimiento que esforzarse por serlo. Como advirtió Rousseau hace siglos, la sociedad nos empuja a preocuparnos más por parecer que por ser.
Quizá la diferencia entre las personas no resida en quién es hipócrita y quién no; esa sería una pretensión ingenua. La verdadera diferencia está en quién es capaz de reconocer sus propias contradicciones antes de convertirlas en acusación contra los demás. Porque todos fallamos; todos racionalizamos; todos encontramos explicaciones para nuestras incoherencias.
Tal vez la hipocresía sea el impuesto que pagamos por querer parecer mejores de lo que somos. Todos usamos alguna máscara; la diferencia está en si la utilizamos para convivir o para engañar. La primera puede ser una forma de cortesía social; la segunda, una forma de corrupción moral. Una sociedad madura no es aquella donde nadie es hipócrita (esa sociedad no existe), sino aquella donde las máscaras pesan lo suficiente como para obligarnos, de vez en cuando, a quitárnoslas y mirarnos con honestidad. Porque la integridad no consiste en proclamarse coherente; consiste, más bien, en reducir cada día la distancia entre lo que decimos, lo que creemos y lo que finalmente hacemos.
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