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Nuevo cisma en la Iglesia Romana
La semana pasada, el sigilo que es natural en las oficinas de la Curia Romana se hizo añicos.
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Martes, 7 de Julio de 2026

La semana pasada, el sigilo que es natural en las oficinas de la Curia Romana se hizo añicos. Lo que ocurrió en Écône, Suiza, no fue una simple diferencia de opinión, sino la consumación pública de un cisma que sacude los cimientos del catolicismo. Al ordenar a cuatro nuevos obispos sin la autorización del Papa León XIV, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X ha cruzado una frontera de la que difícilmente habrá retorno.

Lo más llamativo de este despliegue es el uso de la tecnología. Esta ruptura no se escondió en los archivos secretos, ahora llamados Apostólicos, del Vaticano; se transmitió vía "streaming" para que cualquier persona fuera testigo en tiempo real del desafío. Es una novedad que deja atrás la discreción de otras épocas y convierte un rito de consagración en una masiva exhibición de fuerza frente al solio de Pedro.

Para entender este cisma, hay que mirar hacia atrás. Todo comenzó con Marcel Lefebvre, el arzobispo francés que hace décadas decidió que el Concilio Vaticano II era una deriva inaceptable. Lefebvre rechazó los cambios modernizadores y se atrincheró en el latín y los ritos tradicionales. Hoy, su grupo ha crecido hasta alcanzar unos 600.000 fieles en todo el planeta. La reciente ordenación en Suiza es una maniobra de supervivencia: ante la desaparición de los obispos consagrados por Lefebvre en 1988, la Fraternidad necesitaba asegurar su propia sucesión.

La ceremonia, presidida por el superior general Davide Pagliarani, confirmó a los cuatro nuevos integrantes de su jerarquía: los franceses Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier, el italiano Alfonso de Galarreta y el español Bernard Tissier de Mallerais. Con estos nombramientos, el grupo consolida su estructura, especialmente en Francia, donde concentran a 100.000 de sus fieles. Ante tal despliegue, los protocolos vaticanos parecen porosos, casi obsoletos.

El Papa se encuentra en una encrucijada crucial. El Vaticano ha respondido con la excomunión automática, el arma más contundente de su derecho canónico. Pero es difícil no notar lo ingrato de la situación: mientras el Vaticano se desgasta en peleas de poder interno, el cisma se formaliza ante los ojos de todos. No estamos ante un debate teológico menor; es una lucha de modelos. Es la tensión entre una jerarquía que intenta mantener su autoridad y un grupo que ha decidido que su interpretación de la tradición está por encima de cualquier mando central.

Al final, este cisma deja al descubierto una realidad innegable: la estructura vaticana se ha fracturado. Cuando los dirigentes se pierden en sus peleas y no logran contener la disidencia, el edificio se desmorona. Estamos viendo el nacimiento de un nuevo mapa eclesiástico donde la unidad ya no es el norte, sino un recuerdo que se palpa a través de las cámaras y la red, entre nubes de incienso y cantos gregorianos de una misa que, para muchos, se ha convertido en el campo de batalla definitivo.


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