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Pasión de charlatanes
La prueba reina de esta confianza renacida fue el tremendo batatazo que se pegó el dólar al abrir el mercado el lunes.
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Sábado, 6 de Junio de 2026

Amaneció Colombia después del 31 de mayo y el ventarrón político se sintió más fuerte que cama de motel. Los resultados de la primera vuelta presidencial no solo sacudieron las toldas locales, sino que pusieron al país en la vitrina de la comunidad internacional, con los inversionistas extranjeros respirando profundo, aliviados, como quien encuentra sombra fresca bajo un cují en plena frontera.

La prueba reina de esta confianza renacida fue el tremendo batatazo que se pegó el dólar al abrir el mercado el lunes. La divisa gringa, que venía más alzada que capataz de hacienda y haciendo sufrir a los importadores, se pegó un frenazo en seco cayendo 114 pesitos de un solo golpe, aterrizando en unos envidiables $3.584. Parece que a los mercados emergentes se les quitó la tembladera.

El optimismo se instaló en el país con la firmeza de James con Antonella, demostrando que cuando asoma la cabeza un ganador en la primera vuelta que no promete expropiar hasta los pensamientos, la platica no sale corriendo. Las tasas de interés y la confianza volvieron a enamorar al capital extranjero.

Pero la novela electoral no termina ahí, porque el Tío Sam no se chupa el dedo y está mirando las elecciones con lupa desde el norte. Desde Estados Unidos ya mandaron a decir, clarito y sin anestesia, que congresista o político criollo que ande de "avispado" fraguando fraudes para la segunda vuelta, va derechito y sin escalas a la mismísima Lista Clinton. Se les acabó la guachafita. Qué pésima noticia para esos magos de la política colombiana, acostumbrados a multiplicar votos como si fueran milagros. 

Y hablando de espectáculos que dan pena ajena y de personajes que andan más desubicados que un pingüino en el río Zulia, hablemos de nuestro "querido" Gustavo Petro y su reciente obsesión textil. Últimamente, a este adalid de la moralidad le ha dado por ponerse la camiseta de la Selección Colombia, en un intento desesperado por mimetizarse con el fervor popular y rasguñar los votos de la pasión futbolera.

Pero seamos sinceros: esa camiseta le queda más grande que pijama de loco estrenando manicomio. Ver a Petro sudando la tricolor es como ver a un gato comiendo limón; no encaja, arruga la cara y se nota a leguas que lo hace por mero cálculo politiquero.

Con su incesante injerencia en política, intentando dictar desde su atril digital lo que la gente debe pensar y hacer, usar la amarilla es una ironía de proporciones bíblicas. Resulta verdaderamente tragicómico que quien lleva años echándole leña al fuego de la división nacional, promoviendo la lucha de clases, ahora quiera posar de director técnico de la unidad colombiana. "No se haga el toche, que esa ropa no le luce", le diría cualquier cucuteño sensato.

En fin, el panorama hacia la segunda vuelta está más caliente que el pavimento de Maicao en pleno mediodía. Tenemos un dólar domado que nos da respiro, una comunidad internacional con la billetera abierta y unos gringos con la regla lista para castigar a los tramposos. Solo nos queda esperar que los colombianos, que no somos ningunos caídos del zarzo, sepamos elegir bien y no le sigamos dando papaya a estos vendedores de humo.

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