El reciente asesinato de un periodista me obligó a reflexionar: más allá de las circunstancias particulares del crimen, me asaltó una pregunta inquietante: ¿qué ocurre con una sociedad cuando la muerte deja de sorprenderla? La frecuencia de los acontecimientos violentos en nuestra región me genera un temor que me sobrepasa, porque de ellos emerge una perspectiva derrotista de la vida ciudadana: la resignación. Constituyendo un efecto político profundo, generado por la violencia prolongada.
La violencia extrema no siempre genera indignación, movilización o transformación política. Cuando la muerte se vuelve cotidiana y el miedo una condición permanente, ocurre justamente lo contrario; la sociedad se adapta, normaliza la tragedia y desarrolla mecanismos de supervivencia produciendo indiferencia, resignación y desmovilización política. La repetición reduce nuestra capacidad emocional de respuesta; aquello que ayer parecía insoportable hoy termina pareciendo rutinario.
De ello puede derivarse una aquiescencia silenciosa frente a la violencia o, dependiendo del lugar que se ocupe en la sociedad y de los intereses que se defiendan, una aprobación explícita o soterrada. Pero también sucede algo más inquietante: la repetición destruye la capacidad de asombro. Como señaló Arendt, "el mayor mal no es radical, sino banal". La banalidad del mal es precisamente la capacidad de convivir con hechos atroces hasta que parecen parte normal del paisaje.
Incluso podríamos pensar, en una intuición inversa a la hobbesiana, que el miedo ya no conduce a la construcción de un Estado capaz de organizar políticamente a la sociedad; por el contrario, se convierte en un miedo crónico que paraliza. Un miedo que ya no impulsa la acción colectiva, sino la adaptación individual; y aunque esta adaptación resulta necesaria para la supervivencia, también erosiona la comunidad política; aísla a los ciudadanos y alimenta la indiferencia. En el peor de los casos, termina justificando formas peligrosas de exclusión o animadversión hacia los otros; especialmente hacia quienes son percibidos como distintos o adversarios.
Podríamos utilizar, de manera más sencilla, otra idea para explicar lo que ocurre: una violencia tan estructural como la que caracteriza a nuestra región fronteriza pasa a entenderse como "la forma en que son las cosas". No se trata de una aceptación consciente; es un proceso de habituación. En términos de Bourdieu, la reiteración de la muerte modifica el habitus colectivo.
En este contexto, cuando las muertes ya no interrumpen la normalidad, asistimos a lo que Mbembe denominó necropolítica. En esos espacios, la muerte deja de ser excepcional; se convierte en una condición permanente de existencia. Cada asesinato, por doloroso o impactante que sea, acaba siendo como pasar una hoja de un libro en blanco; una brisa tenue que apenas deja memoria. Estamos frente a una acumulación histórica de asesinatos, conflicto armado, narcotráfico, contrabando, economías ilegales y crisis fronterizas. Entonces surge una pregunta inquietante: ¿qué ocurre con una sociedad cuando la muerte deja de ser noticia y se convierte en rutina?
La respuesta, tan dolorosa como preocupante, parece estar hilvanada por una secuencia que va de la violencia prolongada al miedo; del miedo a la adaptación; de la adaptación a la resignación. Y el resultado final: la desmovilización política, la tragedia deja de producir rebeldía y comienza a producir resignación.
El asesinato de periodistas, campesinos, mujeres, niños, habitantes de calle o empresarios tiene algo en común: todas las víctimas comparten una misma condición humana. Por eso resuenan con fuerza las palabras del poeta Donne: "La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad. Por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti".
Hoy más que nunca debemos curar las heridas de nuestra comunidad política. Debemos tejer vínculos en medio de la diferencia; construir consensos que permitan apaciguar la banalidad del mal. No podemos escuchar con resignación los cantos de sirena que alimentan la rabia, la indiferencia o el odio. El verdadero triunfo de la violencia no es la muerte de sus víctimas, sino la resignación de quienes siguen vivos.
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