Ante la espantosa tragedia que padece nuestra querida Venezuela no existen palabras para explicarla ni acciones suficientes para superarla prontamente. Se necesitarán mucho tiempo, mucha voluntad, muchos recursos para aliviar el dolor de las víctimas y para ir reconstruyendo el país después del derrumbe que causaron los terremotos.
A quien podemos acudir primeramente es a Dios misericordioso que siempre está presente en las angustias del hombre, y va abriendo caminos insospechados en los momentos más difíciles. A Él clamamos por su auxilio.
En momentos tan terribles se expresan los sentimientos mejores de la humanidad manifestados en solidaridad, acompañamiento y ayudasde toda clase, tal como lo vemos en las desgarradoras imágenes que nos llegan minuto a minuto a través de los medios de comunicación. Y quienes hemos quedado paralizados frente al inimaginable desastre, estamos a la espera de poder hacer algo tangible mientras oramos con fe.
Nuestra familia guarda un recuerdo amoroso de Venezuela donde vivimos por varios años, y estábamos listos para viajar a Caracas el 27 de junio sin sospechar la ocurrencia de los pavorosos movimientos telúricos del día 24. El padre Gaspere Salerno, nuestro párroco de la urbanización El Rosalen Chacao y un amigo entrañable, nos esperaba con alegría para revivir los días de nuestra residencia en la capital, pero fuimos tristemente sorprendidos al recibir su llamada telefónica y un video aterrador informándonos de la destrucción de su apartamento.
Desde ese momento hemos seguido acongojados la información que nos llega a través de todos los medios, y la labor incansable del padre Salerno atendiendo los funerales de cientos de personas y consolando a innumerables sobrevivientes. Todavía no alcanzamos a comprender ese cambio intempestivo de la vida de tantas personas, la destrucción de las poblaciones que hasta hace poco empezaban a tenerla esperanza de lograr un nuevo rumbo en su país, y nuestra propia desilusión de no poder recorrer de nuevo los inolvidables sitios de ese maravilloso país.
Hoy, como todos los colombianos, somos una sola voz de aliento que ha de llegar silenciosamente a todos los rincones de Venezuela; un deseo sincero de que sus habitantes encuentren consuelo en su dolor, y las más sentidas condolencias por la muerte de tantas víctimas.
Es necesario agradecer la generosidad de miles de personas que han entregado colaboraciones en bienes, dinero o dedicado su tiempo para aliviar tanto sufrimiento. Es una forma de fortalecer los lazos de unidad entre los dos países y hacer más sensible a nuestra sociedad que a veces anida resentimientos y rencores que distancian a los ciudadanos. También es una manera palpable de entender que todos podemos ser víctimas de desastres y calamidades para los que debemos estar preparados.
Nunca olvidemos que colombianos y venezolanos somos hermanos por la historia,la religión, la vecindad y las razas y que el mayor anhelo es vivir en paz y prosperidad con el esfuerzo de todos.
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