Ahora que la fiebre mundialista corre por las calles de barrios y veredas de Colombia, bueno es detenerse a pensar en cómo avanzar hacia la mejora de escenarios y clubes futbolísticos.
Aterrizando lo anterior en Norte de Santander necesariamente hay que hablar del estadio General Santander y del equipo Cúcuta Deportivo.
Porque si en esta ciudad fronteriza el fervor brota por donde usted vaya en torno a la más importante fiesta orbital de ese deporte, no se entiende por qué el mismo no tiene un reflejo positivo en todo lo que tiene que ver con el fútbol local.
No más esos estadios monumentales y extraordinariamente dotados en que juegan las selecciones marcan una abismal diferencia con el llamado ‘Coloso de Lleras’.
Hay una tendencia hacia la cual la ciudad debería hacer todos los esfuerzos por ingresar y es que pueda hacerse una especie de concesión del estadio con el sector privado para que lo transforme en un escenario multifuncional e inteligentes y dejemos de tener problemas hasta con las luminarias.
Ahí debe trabajarse en la búsqueda de esa opción que incluso podría acarrear opciones favorables para que sea, por ejemplo, tenida en cuenta para sede o subsede de torneos continentales.
O también hay que analizar otras posibilidades de darle a la capital nortesantandereana un mejor templo del fútbol, dentro de todo el plan que contemple también la solidificación de un conjunto rojinegro que nos devuelva a los buenos tiempos de 2006, cuando obtuvo la primera estrella.
Cúcuta necesita mirar la posibilidad de entrar en el escenario del fútbol nacional e internacional con un repotenciado estadio General Santander, que la lleve a ser incluida en torneos de alta valía, que generen el movimiento de turistas y de importantes ingresos a la economía local.
Soñar es el primer paso concreto hacia la solidificación de un proyecto que desde el punto de vista del fútbol conduzca al área metropolitana a contar con una infraestructura que tenga reflejo binacional, sudamericano y mundial.
Obviamente, también a los cucuteños les corresponde reclamar que este activo emocional como lo es el Cúcuta Deportivo, se transforme realmente en la insignia que merece la región.
Mientras vemos a los mejores del mundo disputar emocionantes partidos en las sedes de Canadá, Estados Unidos y México, no debe ser descabellado jugar a que o el actual once al que se llama doblemente glorioso haga valer ese nombre o avanzar hacia otra alternativa.
Disfrutando del espectáculo de las figuras del deporte de multitudes y de los seleccionados que han generado sorpresas, algo nos dice que los constantes altibajos del Cúcuta Deportivo, en su mayoría más bajos que altos, tienen que llegar a su fin.
Es decir, hay que exigir, porque la afición puede hacerlo, que haya una verdadera inversión en jugadores de peso para que la B no vuelva a estar en el radar y que la A, donde hoy está pero con alto riesgo de retorno a la segunda división, se convierta en la casa definitiva del rojinegro.
Y si eso no es así y persiste lo que está ocurriendo, no deben descartarse otras fórmulas, o de compra o de lanzarse a consolidar desde abajo un proyecto con metas claras y precisas, muy lejos de lo que actualmente sucede.
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