A pesar de las innovaciones tecnológicas y los cambios culturales, José Gregorio Suárez Gélvez, conocido como Goyo, se resiste a dejar la cámara fotográfica y cambiar de oficio.
A los siete años empezó a conocer el oficio de la fotografía con su hermano Luis Francisco Suárez. Aprendió a montar los rollos, captar imágenes y llevar el rollo blanco y negro al laboratorio para revelarlo.
Él, lo introducía en las cubetas y en un corto tiempo veía como aparecían las imágenes que plasmaba en un papel baritado cubierto por una emulsión sensible a la luz.
De esta manera logró plasmar rostros, grupos de personas, matrimonios, primeras comuniones y paisajes.
Cuando entró a la mayoría de edad, conoció a Blanca Cruz Contreras y supo que con ella pasaría el resto de su vida. Desde hace 33 años están casados y son padres de cuatro hijos que han educado con esmero y sacrificio.
El caballito
El resto de la juventud se la pasó recorriendo las fiestas patronales de los pueblos. “Años atrás era un privilegio tomarles fotos a los niños encima de un caballito de madera”.
Poco a poco el negocio se hizo difícil con la aparición de cámaras digitales y celulares. “Ahora la gente quiere tomarse fotos en el caballito gratis y no les gustan las postales, al considerarlas que pasaron de moda”.
Tristemente, la pareja de esposos perdieron todos los elementos de trabajo, pues sirvieron de fiadores y les remataron los equipos. También tuvieron que prestar plata para responder con ese compromiso que no era de ellos.
Esa situación hizo que volvieran con más ganas a trabajar en el parque con el caballito de madera. “A uno por tener los hijos bien le toca ser guerrero”.
Gregorio dice que mientras tenga las manos y los ojos buenos, no colgará su inseparable cámara fotográfica.
Él, recuerda con nostalgia las viejas cámaras réflex: Minolta, Pentax K1000, Olympus, la ampliadora, procesadora de imágenes, los químicos y el oscuro cuarto del laboratorio.
*La Opinión
