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Colombia: de García Márquez al Realismo Trágico
¡Ay, mi Dios bendito!, qué sabroso es estar vivo, endeudado hasta las cejas y con una fe a prueba de balas frente al panorama económico de esta semana en Colombia.
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Sábado, 10 de Octubre de 2026

¡Ay, mi Dios bendito!, qué sabroso es estar vivo, endeudado hasta las cejas y con una fe a prueba de balas frente al panorama económico de esta semana en Colombia. Comencemos aplaudiendo de pie al DANE, que nos salió con otro chascarrillo y nos regaló su acostumbrada dosis de realismo mágico al confirmar que la inflación trepó plácidamente en septiembre hasta el 6,29%, dejándonos abierta la cordial invitación a hacer nuestro mayor esfuerzo para que esta cifra sea mucho mayor el año que entra. ¡Una verdadera joya! Pero miren cómo es la gente de exagerada: andan llorando porque el "corrientazo" ya coquetea alegremente con los 20.000 pesitos, como si comer fuera un derecho. Al fin y al cabo, lo que el colombiano de a pie olvida es que pagar más por comer ya no es un gasto, sino todo un deporte nacional de valientes.

Por supuesto, para curar este pequeño desliz de los precios —que insisten en subir mientras los bolsillos no dan abasto—, nuestro entrañable Banco de la República mantiene con mano firme su tasa de interés en el codiciado 12,25%. ¡Claro que sí! Nada frena la fiebre inflacionaria como asfixiar un poquito más al sufrido sector productivo y al parroquiano. Con semejantes costos de financiación, pedir un crédito ya no es un acto financiero, sino un acto suicida, reservado exclusivamente para masoquistas con chequera.

Y hablando de aplausos, démonos una palmadita en la espalda porque, según el optimista informe del Banco Mundial que se conoció estos días, Colombia crecerá un envidiable 2,3% este año. ¡Toda una sacudida económica! Somos la envidia de la cuadra regional, aunque los sectores de la minería y la construcción sigan flotando alegremente en números rojos. ¿Quién necesita casas o extraer carbón cuando se puede vivir del optimismo internacional? Es reconfortante saber que el PIB crece sobre el papel, mientras la clase obrera hace malabares dignos del Circo del Sol para estirar el mínimo vital hasta el final de la quincena.

Entre tanta alegría macroeconómica, la tasa de cambio decidió darnos un respiro estético y el dólar jugueteó cómodamente alrededor de los 3.218 pesos durante la semana. Una caída tan amable que casi nos hace olvidar que las importaciones siguen carísimas y que la gasolina no baja ni con plegarias. Pero si de paradojas se trata, cabe preguntarse: ¿gracias a quién crecemos? Pues nada más y nada menos que a aquello que el propio Gobierno lleva años mandando a extinguir con megáfono en mano: el petróleo, el carbón y el oro. ¡Hermoso giro poético! Los combustibles y las industrias extractivas se dispararon un 23,8% y el oro no monetario pegó un salto místico del 126,9%. Mientras tanto, el sector agropecuario —al que le prometieron el cielo y la tierra en la transición económica— sufrió una estrepitosa caída del 16%.

En resumen, una semana redonda: la plata se esfuma con la inflación, las tasas de interés nos asfixian y el agro se desploma, pero salvamos el año exportando petróleo y carbón con bombos y platillos. Cuánta falta hace nuestro Nobel de literatura para explicarnos que, en este país, Macondo ya no es un pueblo mítico, sino un informe financiero.


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