Durante años hemos tratado el inglés como una asignatura más del colegio, una habilidad útil para viajar o un requisito adicional en una hoja de vida; pero para una región como Norte de Santander, el inglés debería entenderse de otra manera: como una herramienta de desarrollo económico, movilidad social, internacionalización y acceso al conocimiento.
La evidencia es clara; un estudio publicado por ANIF, el British Council y la Universidad de los Andes en marzo de 2026, con información del mercado laboral de Bogotá y Cundinamarca entre 2019 y 2024, encontró que reportar habilidades en inglés incrementa la probabilidad de empleo y que los niveles avanzados están asociados con mejores salarios y mayor estabilidad contractual. Los beneficios son especialmente importantes en sectores como los procesos de negocio.
El impacto también se ha probado en otros contextos; un experimento realizado en Delhi con 1.260 personas de bajos ingresos mostró que un programa de capacitación laboral que incorporaba formación en inglés mejoró las competencias lingüísticas, la empleabilidad y los salarios estimados por empleadores. El inglés no elimina la pobreza, pero sí puede convertirse en una herramienta concreta de movilidad económica cuando se conecta con oportunidades laborales.
La paradoja regional es evidente; mientras el mundo laboral demanda cada vez más capacidades para comunicarse con mercados internacionales, Norte de Santander continúa rezagado. Según el EF English Proficiency Index 2025, el departamento obtuvo 434 puntos y Cúcuta 436, frente a 480 para Colombia (Países Bajos 624 y Alemania 615 como punto de referencia).
¿Por qué debería importarnos?
Porque el inglés permite que una empresa de Cúcuta venda servicios a otro país sin trasladarse; que un profesional acceda a empleos remotos; que un emprendedor encuentre clientes internacionales; que un investigador consulte conocimiento que todavía no ha sido traducido; que un trabajador participe en sectores como tecnología, turismo, logística, comercio exterior o la externalización de procesos de negocio (BPO por sus siglas en inglés); también amplía las posibilidades de intercambio cultural y educativo.
Ejemplos locales lo confirman; algunas empresas cucuteñas de software ya han empezado a ofrecer servicios a clientes en Estados Unidos y España gracias a equipos bilingües. Jóvenes de la región han conseguido empleos remotos en atención internacional y BPO, con ingresos superiores al promedio local.
Por eso, Norte de Santander necesita dejar de pensar en el bilingüismo como un programa aislado de las secretarías de Educación; necesitamos una estrategia territorial de inglés para el empleo y la internacionalización.
¿Cómo hacerlo?
- Medir. No basta con contar horas de clase: cada institución debería conocer el nivel real de sus estudiantes y docentes y publicar avances anuales.
- Conectar formación y economía; el inglés debe enseñarse también con rutas específicas para turismo, comercio exterior, tecnología, servicios empresariales, logística y atención internacional.
- Crear oportunidades de uso real. Clubes de conversación, intercambios virtuales, mentorías, proyectos con empresas y espacios donde los jóvenes tengan que utilizar el idioma para resolver problemas concretos.
- Articular: Gobernación, alcaldías, colegios, universidades, SENA, empresarios y Cámara de Comercio deberían compartir metas, recursos e indicadores, en lugar de desarrollar esfuerzos dispersos.
- Medir resultados económicos: Cuántas personas alcanzan B1 o B2, cuántas consiguen empleo, cuántas acceden a trabajos internacionales, cuántas empresas exportan servicios y cuánto aumenta su ingreso.
No necesitamos que todos los nortesantandereanos hablen inglés perfectamente, necesitamos que muchos más puedan utilizarlo productivamente.
Una región que aprende a comunicarse con el mundo también aprende a competir con él.El inglés no resolverá por sí solo nuestros problemas de pobreza, empleo o productividad; pero ignorar su valor significa renunciar a una herramienta que puede ampliar las oportunidades de nuestra gente.
Norte de Santander no debería preguntarse solamente cuántos estudiantes aprenden inglés; debería preguntarse cuántas oportunidades nuevas podemos crear cuando nuestra gente pueda hablarle directamente al mundo.
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