El alboroto que ha armado el papa León XIV en las redes y en las agencias de noticias es imposible de esquivar. Que la primera gran carta de un pontífice no hable de teología o de los pecados de siempre, sino de inteligencia artificial, es una curiosidad que despierta interés. Es el síntoma del clima tenso que vivimos, caracterizado por el conflicto y la confrontación constante entre lo humano y el avance tecnológico. El Vaticano, esta vez, no se quiso quedar rezando en la sacristía.
Para ponerlo en cristiano, una encíclica es el documento más importante que un Papa escribe para fijar su postura sobre una realidad urgente. Esta publicación se titula “Magnífica Humanitas”, una frase en latín que significa “Magnífica Humanidad”. Llama poderosamente la atención por su fecha de presentación. Se firmó a mediados de mayo, justo en el aniversario de la histórica “Rerum Novarum” de 1891, cuyo nombre traduce “De las cosas nuevas”, aquella famosa carta con la que se intentó ponerle freno a los abusos de la Revolución Industrial.
El paralelismo es bonito para los titulares, pero en el tintero del debate actual queda flotando una diferencia abismal. A finales del siglo XIX, el dueño de la fábrica necesitaba, por las malas o por las buenas, los brazos del obrero. Había una dependencia mutua que permitía negociar algo. Hoy la historia es otra. Las grandes plataformas tecnológicas generan fortunas con algoritmos, abriendo el peligro de que la masa trabajadora ya no sea explotada, sino algo peor: perfectamente prescindible.
Para sacudir la indiferencia global, León XIV ha pedido “desarmar” la inteligencia artificial. La frase es fuerte, atractiva, y muchos la aplauden como un valiente acto de resistencia ética. Sin embargo, los críticos no han tardado en tildar el asunto de una soberana ingenuidad. ¿Desde cuándo un llamado a la buena conciencia ha frenado a un monopolio multimillonario?
Frente a este complejo panorama, el debate de estos días se concentra en lo que verdaderamente representa la publicación de este texto. No estamos ante un frío manual de ingeniería, sino ante una advertencia severa sobre cómo las decisiones corporativas impactan directamente el empleo y la economía real de la gente de a pie, que legítimamente teme quedar al margen del bienestar.
El documento trae también un detalle que toca de cerca nuestra fibra: la madre Laura Montoya Upegui figura allí como una de las varias mujeres citadas por el Pontífice. La inclusión de la santa colombiana no es un saludo a la bandera ni un adorno de última hora. Su presencia destaca el papel del liderazgo femenino y comunitario. Ella, que no esperó soluciones de los poderosos y se internó en las selvas para devolverle la dignidad a los olvidados, nos recuerda que el desarrollo solo sirve si fortalece los lazos sociales y protege la condición humana. Al final, la encíclica nos demuestra que la tecnología no es una fuerza de la naturaleza como la lluvia o el viento. Las máquinas las programan seres humanos con intereses muy terrenos.
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