Recordar una cita, concentrarse en una lectura o encontrar la palabra adecuada puede convertirse en un reto para algunas personas con cáncer. La enfermedad y sus tratamientos pueden afectar funciones cerebrales necesarias para trabajar, estudiar y desenvolverse con autonomía.
Uno de estos efectos se conoce como ‘chemobrain’, un término que describe dificultades de atención, memoria y pensamiento asociadas al proceso oncológico, especialmente a la quimioterapia.
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En el marco del Mes de Sensibilización sobre el Cáncer de Mama (19 de octubre, Día Internacional de la Lucha contra el Cáncer de Mama), es importante reconocer estos cambios cognitivos y atender las necesidades emocionales, físicas y sociales de los pacientes, incluso después de finalizar el tratamiento.
El chemobrain, también llamado ‘cerebro postquimio’, puede manifestarse en olvidos frecuentes, dificultad para aprender información nueva, lentitud para procesar lo que se escucha o se lee y problemas para organizar actividades. Algunas personas necesitan más esfuerzo para seguir instrucciones, tomar decisiones o realizar tareas que antes les resultaban sencillas.
Aunque su nombre hace referencia a la quimioterapia, estos cambios pueden aparecer antes, durante o después del tratamiento y tener varias causas. Además de los medicamentos que se aplican, pueden intervenir procesos relacionados con el propio cáncer, otros tratamientos y factores como el dolor, la fatiga, las dificultades para dormir, la ansiedad o la depresión. Por eso, cada caso requiere una evaluación individual.
De acuerdo con la directora de Campos, Programas y Proyectos del Colegio Colombiano de Psicólogos (Colpsic), Tatiana Manrique Zuluaga, el ‘chemobrain’ puede hacer que una persona necesite más tiempo y esfuerzo para recordar, concentrarse o realizar actividades que antes le resultaban sencillas.
“Reconocer estos cambios permite evaluar sus causas y ofrecer apoyo. El cuidado del cáncer debe incluir la salud cognitiva y emocional durante y después de terminar el tratamiento”, agregó.
Entre los mecanismos que pueden contribuir a estas dificultades se encuentran la inflamación que afecta al sistema nervioso y las alteraciones en el funcionamiento y la comunicación de las células cerebrales. Estos procesos pueden comprometer la memoria, la atención, el lenguaje y las llamadas funciones ejecutivas, habilidades que permiten planear, organizarse y resolver problemas.
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Un impacto que también es emocional
El diagnóstico puede traer miedo, tristeza e incertidumbre sobre el futuro. Durante el tratamiento, las molestias físicas, los cambios en la apariencia y las modificaciones en la vida familiar o laboral pueden afectar la autoestima y las relaciones. Al terminar esta etapa, también puede persistir el temor a que la enfermedad regrese.
Sentir malestar emocional no significa necesariamente tener un trastorno psicológico. Sin embargo, cuando ese malestar es intenso, persistente o interfiere con la vida diaria, necesita atención profesional. Exigir a una persona que se mantenga fuerte y optimista todo el tiempo puede dificultar que exprese lo que siente y solicite apoyo.
A esto se suman efectos físicos que dependen del tipo de cáncer y del tratamiento, como cansancio, dolor, náuseas, alteraciones del sueño o caída del cabello. Las cirugías y otros cambios corporales también pueden influir en la imagen personal, la sexualidad y la autonomía. Estas experiencias se relacionan entre sí: dormir mal o sentir dolor puede hacer más difícil concentrarse y afrontar las actividades diarias.
Ante la incertidumbre del tratamiento para el cáncer, es necesario resaltar que tanto pacientes como personal de salud, deben evitar minimizar los cambios cognitivos y emocionales, normalizarlos puede llevar a mayor malestar y estaríamos priorizando solamente los efectos físicos visibles.
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Reconocer los cambios permite brindar apoyo
El acompañamiento psicooncológico, atiende las necesidades emocionales y sociales del paciente y su familia. La evaluación neuropsicológica, por su parte, ayuda a identificar las funciones afectadas y a orientar estrategias de rehabilitación que mejoren su funcionamiento diario.
Informar al equipo tratante sobre los olvidos o las dificultades de concentración permite identificar el impacto del tratamiento y evaluar todos los efectos. Usar agendas y recordatorios, dividir las tareas en pasos y programar las actividades más exigentes en los momentos de mayor energía puede facilitar la vida cotidiana.
Acompañar a las personas para que conserven su autonomía, sus vínculos y su calidad de vida debe formar parte de la atención durante la enfermedad y después del tratamiento.
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