Este domingo 21 de junio es un día especial para Colombia. Una prueba de la democracia, pues se elige al nuevo presidente de la República. Se trata de la gobernanza de la nación, de interés colectivo, dado que implica la conducción y la jefatura del Estado.
Los ciudadanos están llamados a ejercer su derecho a elegir con plena libertad, como debe ser. Hay que hacerlo de forma consciente y responsable, con la perspectiva de garantizar el funcionamiento del país en términos de bienestar común.
La jornada electoral de hoy presenta como candidatos a la Presidencia a dos dirigentes con ideas y propuestas distintas. Son ellos, Iván Cepeda Castro y Abelardo Gabriel de la Espriella Otero. Difieren en su concepción del Estado y en su visión de la vida. Sus convicciones son de izquierda y de derecha con distancias muy marcadas entre sí.
Cepeda sustenta su liderazgo en principios de una izquierda democrática, progresista y pluralista, con énfasis en la paz, la justicia social, la protección de los derechos que le den holgura a la existencia, la libertad fundada en el reconocimiento de las diferencias, el respeto a la personalidad de cada quien, la protección integral del medio ambiente, la erradicación de todas las formas de corrupción, el impulso a la educación pública, la administración óptima de la salud, la equidad en la propiedad de la tierra, la preservación de la soberanía nacional y la aplicación de una justicia libre de sesgos clasistas.
Cepeda tiene la voluntad de buscar el consenso en las decisiones públicas. No cae en la ligereza de la banalidad. Ni es proclive al agravio de sus contendores. Tiene decencia en todos sus actos y es ajeno a las egolatrías y a la discriminación. No cede en su sencillez ni en la firmeza de sus convicciones asumidas. Esos valores otorgan relevancia a su actuación en el ámbito público y garantizan el acierto de su gestión de la nación.
En cuanto a De la Espriella, es ostensible su arrogancia de poder. Sus ideas son contrarias a la democracia liberal porque prefiere el caudillismo. En sus discursos recurre a una retórica violenta propia de una masculinidad tóxica y, por ello, propone “destripar a la izquierda” como parte de su narrativa y de su estrategia de campaña, así como de sus pretensiones autoritarias.
Esa fijación en la confrontación violenta se alimenta de la ideología del populismo de derecha, que deriva del autoritarismo moderno y lo alinea con líderes como Bukele, Milei y Trump. Su objetivo es entregarles el poder a los más pudientes y seguir arrinconando a los pobres en sus precariedades.
Son recurrentes sus contradicciones en asuntos que debieran merecerle prioridad. Esa fragilidad le resta credibilidad. Y algo aún más grave es su menosprecio por la soberanía nacional de Colombia. Esta no le importa. Su nacionalidad estadounidense prevalece sobre su origen colombiano.
Con tales posiciones, nada positivo podría esperarse de un gobernante que se aparte de las necesidades del pueblo y prefiera lo contrario a los anhelos populares de una nación que clama por la libertad y la paz.
Los electores deben considerar las opciones expuestas. Se continúa abriendo espacios de cambio, como los iniciados por el gobierno de Petro, con los correctivos que se requieran, o se da el salto al vacío, con la consecuente erosión de las conquistas sociales y las libertades civiles recientemente alcanzadas en Colombia.
Puntada
La elección presidencial de Colombia debe ser libre de trampas o exenta de fraude. Si no está revestida de esa garantía, pierde legitimidad y se pone en riesgo el reconocimiento de los resultados.
ciceronflorezm@gmail.com
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