Cristian Hernando Herrera Nariño, de 50 años, llevaba el periodismo en la sangre. Escudriñar, buscar, preguntar, insistir y confrontar hacían parte de su ADN.
Informar sobre los hechos judiciales y de gran impacto en la capital de Norte de Santander fue la labor a la que dedicó la mayor parte de su carrera profesional y de sus 50 años de vida. No tenía horario para hacerlo; por eso, no era extraño encontrarlo en las calles a la 1:00 de la madrugada en busca de la noticia que acababa de ocurrir.
Los compañeros con los que hacía su trabajo en La Opinión, donde empezó a ejercer el oficio de periodista en la sección Judicial, le reconocían eso: era incansable e insaciable y, hasta que no conseguía la noticia y la foto, no se iba a descansar.
Era un periodista que no se andaba con miedos. Él solía repetirles a sus compañeros de oficio: “Si nos da miedo, mejor cambiemos de oficio”. Por eso no era extraño que casi todos sus reportajes estuvieran enfocados en casos judiciales, mafias, narcotráfico y bandas criminales.
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Hasta los últimos momentos en que permaneció con vida, su radar estuvo pendiente de un hecho judicial.
Después de retirarse de La Opinión y el periódico Q’hubo, a finales de 2024 -de este último fue director- creó su propia página de noticias en redes sociales, en la que seguía publicando investigaciones sobre el crimen organizado en la ciudad. Esas que lo hicieron merecedor de reconocimientos y premios de periodismo, pero también de constantes amenazas contra su vida, que lo obligaban a permanecer escoltado.
Una profesión
marcada por el riesgo
Durante los más de 20 años de ejercicio profesional que acumuló, Cristian Herrera tuvo la lupa puesta en los casos de sangre, corrupción y crimen que desde siempre han imperado en Cúcuta y la región.
Esa labor, sin embargo, lo llevó a estar acompañado por amenazas, intimidaciones y presiones derivadas de su trabajo investigativo.
El primer episodio grave de amenazas que vivió se remonta al año 2004, luego de publicar una investigación en la que reveló inconsistencias en las estadísticas oficiales sobre el robo de vehículos en Cúcuta.
Tras este hecho, comenzó a recibir llamadas intimidantes, seguimientos y señalamientos que pusieron en riesgo su integridad y la de su familia.
Cristian estaba casado con Karla Gabriela Niño, de cuya unión quedan dos hijos, con quienes justamente se encontraba en el momento en que los sicarios pusieron fin a su vida.
La situación alcanzó tal nivel que debió abandonar temporalmente el país y refugiarse en Chile durante varios meses, antes de regresar a Colombia para continuar ejerciendo el periodismo.
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“A mí me hacía falta el periodismo, así que yo le dije a mi esposa: ‘Vámonos para Cúcuta; allá yo busco algo en La Opinión’. Llegué en agosto y en noviembre volví a oler el impreso”, relató en una entrevista para la Federación Colombiana de Periodistas (Fecolper).
En otra entrevista que concedió para un medio de comunicación nacional, Herrera recordó que el calvario comenzó luego de publicar en La Opinión una noticia bajo el titular: “Delincuencia azota a Cúcuta”.
Desde ese día, comentó, las llamadas amenazantes, las obstrucciones a su trabajo y hasta un montaje jurídico atormentaron su libertad de expresión.
En un informe publicado por la FLIP en 2004 se mostraba la constante represión e intimidación a la que habían sido sometidos varios periodistas de esta zona fronteriza.
El 10 de junio de 2004, Herrera ya había vivido un viacrucis: tenía una denuncia por pánico económico y fue señalado por una falsa testigo como cómplice de los paramilitares.
Pero ese día, un hecho marcó su vida periodística. Fue agredido junto al reportero gráfico que lo acompañaba mientras tomaban fotos de un presunto narcotraficante, en el transcurso de una operación policial en Cúcuta. “HP, si llega a sacar alguna foto, los pelamos”, les gritó un agente de la Dijín.
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El Centro de Solidaridad de la Federación Internacional de Periodistas (Ceso FIP), la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), el Instituto de Prensa y Sociedad (IPYS), la Unidad de Respuesta Rápida Colombia de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y la Organización de los Estados Americanos (OEA) ya estaban al tanto de lo sucedido.
Una década después, en 2014, volvió a ser objeto de amenazas. Un panfleto atribuido al grupo delincuencial Los Rastrojos lo declaró objetivo militar tras la publicación de información relacionada con capturas de integrantes de esa organización criminal en la región.
A pesar de los riesgos, Herrera nunca abandonó su vocación. Con el respaldo de organizaciones defensoras de la libertad de prensa y medidas de protección, continuó ejerciendo el periodismo judicial, convencido de que informar era un compromiso con la verdad y con los ciudadanos.
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Hijo de fotógrafo
Pero la historia de este comunicador social de la Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB), hijo del recordado fotógrafo de La Opinión, Hernando Herrera, Herrerita, refleja los peligros que durante años han enfrentado los periodistas en una región marcada por la violencia, el conflicto y la presencia de estructuras criminales.
En 2017 volvió a quedar en evidencia que su trabajo periodístico lo mantenía en la mira de estructuras criminales que operaban en la región.
Siempre bajo amenazas
En mayo de ese año, cuando se dirigía a cubrir una información en el sector de El Cerrito, en Cúcuta, el vehículo en el que se movilizaba junto a otros periodistas fue interceptado por hombres armados que se desplazaban en motocicletas.
Los atacantes dispararon en repetidas ocasiones contra el comunicador, quien logró salir ileso del atentado.
Para entonces, Herrera ya contaba con un esquema de protección de la Unidad Nacional de Protección (UNP), debido a las constantes amenazas derivadas de sus investigaciones.
Su nombre aparecía con frecuencia en informes periodísticos que exponían actividades ilegales y estructuras delincuenciales que operaban en Norte de Santander.
Tras el atentado, el periodista reveló que meses antes había recibido información sobre un supuesto plan para asesinarlo. Según relató en ese momento, una fuente le advirtió sobre las intenciones de grupos criminales de atentar contra su vida.
Las amenazas contra su integridad nunca cesaron y, por el contrario, se materializaron este sábado con su asesinato, en un hecho que vuelve a enlutar no solo al periodismo, sino que demuestra que en Cúcuta y Norte de Santander ejercer esta labor es cada vez más una profesión de alto riesgo.
A pesar del riesgo que lo acompañaba permanentemente, su compromiso con la información era más fuerte. Hoy su muerte no solo deja de luto al periodismo de la región y el país, sino también a una familia destruida.
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Premios
En 2016, Cristian Herrera ganó, en compañía de la periodista Karina Judex, el Premio Regional de Periodismo Semana “El país contado desde las regiones”.
En 2020, en plena pandemia, Cristian Herrera ocupó el segundo lugar con su investigación “Mexicanos controlan el 80 % de la coca del Catatumbo” , en el Premio Nacional de Periodismo Digital (PNPD).
En 2022, Herrera ganó el Premio Nacional La Bagatela con los reportajes “Los rastros que dejó la banda que cometió el atentado en el aeropuerto” y “Las pistas que los mandaron a una cárcel de máxima seguridad”.
El premio “Orlando Sierra”, que exalta el coraje de un periodista, fue otorgado a Cristian Herrera por su valentía en el desarrollo de investigaciones sobre el orden público, el narcotráfico y la corrupción en Norte.
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