Suscríbete
Elecciones 2023 Elecciones 2023 mobile
Mundo
El entrenador de ciclismo que desafió el concreto para buscar vidas en La Guaira, Venezuela
Miguel no tiene formación en rescate, pero asegura que en momentos de tragedia la voluntad de ayudar puede ser más importante que la experiencia.
Authored by
Image
Keila Vilchez
Keila Vílchez B.
Lunes, 13 de Julio de 2026

Miguel Armando Ubeto Aponte, de 49 años, nació en Caracas, a tan solo 45 minutos de La Guaira. Este venezolano nunca imaginó que su experiencia como deportista de alto rendimiento lo llevaría a enfrentar uno de los panoramas más devastadores de su vida.

Él es CEO de la Fundación Venezuela País de Futuro, entrenador de ciclismo y triatlón. Al momento de comenzar a temblar, el 24 de junio, en la tarde, se encontraba en el estado Trujillo participando en el congresillo técnico del Campeonato Nacional de Ruta.

El movimiento de los terremotos apenas se sintió dónde estaba. Pero, dos minutos después recibió una llamada que cambió por completo su perspectiva de lo que había pasado. Era su hijo desde Caracas, en el sector El Paraíso, donde vive su familia. Los sismos habían golpeado con fuerza. A tan solo tres cuadras de su apartamento un edificio se había desplomado por completo.

Desde ese instante, dice, que sintió que no podía quedarse de brazos cruzados. Y sin dudarlo, al día siguiente emprendió el regreso por carretera, pero antes de llegar a Caracas hizo una parada en San Cristóbal, donde junto a otros deportistas, amigos y voluntarios organizó una rápida recolección de insumos: medicinas, alimentos no perecederos, pañales y hasta cientos de panes donados por una panadería con los cuales llenaron la camioneta de la fundación.

Apenas amaneció el viernes 26 de junio, ya estaban en La Guaira repartiendo comida y comenzando una labor que, sin saberlo, se extendería durante días.

“No hay palabras para explicar la magnitud de la catástrofe que estamos viviendo”, cuenta y su voz se quiebra. Su memoria le recuerda esa primera impresión: edificios hundidos sobre sí mismos, estructuras colapsadas como fichas de dominó y personas desesperadas pidiendo ayuda. Todo quedó como imagen grabada para siempre en su memoria.


Lea aquí: Al menos ocho muertos en nuevos bombardeos israelíes en la Franja de Gaza


Pero hubo algo que también lo impactó profundamente, “la enorme cantidad de funcionarios apostados desde la entrada de La Guaira, quizás unos 150, cumpliendo órdenes lo entiendo, pero sin hacer nada y necesitando tantas manos para levantar escombros y encontrar vidas”.

Miguel, que estudió licenciatura en deporte, no tiene ningún tipo de formación en rescate. Él fue ciclista profesional durante años y ha dedicado su vida a entrenar atletas.

Sin embargo, cree que para ayudar en momentos como estos no hace falta un título, sino voluntad.

Junto a sus primos Manuel y Jesús González Aponte comenzó a internarse entre los edificios destruidos. Más tarde se unieron amigos provenientes de Nirgua, estado Yaracauy, y uno de sus pupilos, el ciclista César Sanabria. En total eran once voluntarios que terminaron convirtiéndose, como él mismo dice, en ‘topos’, abriendo túneles entre concreto y acero para intentar encontrar personas con vida.

 

Imagen eliminada.

 

Episodio duro para Miguel

Uno de los episodios que más lo marcó ocurrió en el edificio La Aguja Azul. Al llegar a la estructura  todavía había personas que daban señales de vida.

Recuerda que hicieron un túnel improvisado de unos siete metros de profundidad, hasta el corazón de la edificación. Allí con los otros rescatistas pidieron que quien estuviera atrapado golpeara dos veces. Escuchó un solo golpe. Los equipos especializados de El Salvador instalaron entonces sus sensores para detectar movimiento y calor. Hubo nuevas señales, pero nunca lograron determinar el punto exacto donde se encontraba la persona atrapada. Durante tres días trabajaron sin descanso intentando llegar hasta ella, pero luego no hubo más respuesta y el  silencio se apoderó del lugar.

“Esa es una de las cosas que más me pesan (…) siempre me queda la pregunta de por qué no pudimos hacer un poco más”, confiesa con tristeza.

En medio de esa búsqueda también recuperaron los cuerpos de los padres de unos amigos de la familia y de otras víctimas cuyos familiares esperaban, al menos, poder despedirse de ellas. Hasta el momento de la entrevista habían logrado recuperar entre 15 y 20 cuerpos.

Durante la entrevista, Miguel evita hablar de ‘cadáveres’, él prefiere repetir una expresión que escuchó durante las jornadas de rescate y que terminó repitiéndosela: “personas que nacieron al cielo”.

Para este caraqueño encontrarlas también significa cumplir una misión durante su labor como rescatista.

Recuerda que por dos días y medio prácticamente no abandonó la zona de desastre. Durmió apenas una hora. Terminó golpeado, con una lesión en la cadera y una mano lastimada tras varias caídas entre el barro y los escombros. Solo regresó a su casa en Caracas cuando entendió que necesitaba recuperar fuerzas para seguir ayudando.


Conozca: Papa León XIV alerta de que vuelven a soplar vientos de guerra en Oriente Medio y Ucrania


La mayor batalla por librar

Aunque el desgaste físico para él ha sido enorme, asegura que la mayor batalla será la que vendrá después del rescate.

Miguel se preocupa ahora por las familias que lo perdieron todo. Habla de niños profundamente afectados, personas durmiendo en aceras o bajo carpas improvisadas y comunidades que necesitarán apoyo psicológico durante mucho tiempo.

“La ayuda no puede terminar cuando se apaguen las cámaras”, enfatiza. Por lo que desde su fundación, ya piensa en una nueva etapa: conseguir colchones, sábanas, medicamentos y sobretodo recursos para financiar atención psicológica a quienes sobrevivieron a la tragedia.

Durante esos días también compartió labores con brigadas internacionales provenientes de El Salvador e Israel. Destaca el profesionalismo, pero sobre todo la humanidad con la que cada rescatista internacional trabajaba, sin importar nacionalidades, idiomas o creencias. “Lo único que esperan como recompensa es encontrar personas”, afirma.

Para Miguel, esa solidaridad internacional representa la mejor cara del ser humano en medio del desastre. “Entre toda esta catástrofe ves la esencia del ser humano indistintamente de su bandera. Lo importante es la humanidad, es salvar vidas y esto es maravilloso”, comenta visiblemente emocionado.

En medio de su relato no puede evitar denunciar las debilidades organizativas desde el Estado venezolano, que quedaron al descubierto tras los sismos. Asegura que el sistema se vio completamente desbordado, que muchas familias aún buscan a sus desaparecidos y que incluso existen casos de personas fallecidas cuya ubicación sigue siendo incierta.

Pese a todo, insiste en que todavía hay tiempo para mejorar la coordinación de los esfuerzos y seguir honrando a quienes perdieron la vida.

Miguel no piensa detenerse. Seguirá bajando a La Guaira cada vez que sea necesario. Algunas veces a llevar alimentos, otras veces herramientas. En ocasiones simplemente pondrá sus manos al servicio de quien las necesite.

“La vida continúa”, recuerda citando una frase de su padre. “Y mientras pueda seguir apoyando, lo voy a hacer”, dice Miguel.

La historia de este caraqueño muestra y ejemplifica como los venezolanos, sin importar profesión, oficio, distancia, participaron y siguen en La Guaira buscando aún bajo los escombros y dando su mano de apoyo a las familias de las víctimas.


Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en http://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion .

Temas del Día