Debajo de las numerosas heridas que le han dado una nueva apariencia al rostro del patrullero Billy Molina Peláez se esconde un carácter fortalecido tras el violento atentado con explosivos contra el comando del Departamento de Policía de Norte de Santander (Denor).
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El quindiano se prepara para volver a casa luego de pasar poco menos de 14 meses en la región. Antes de partir, quiso hacer una sentida visita a la que fue su vivienda durante ese tiempo: el bloque de alojamientos del comando, donde, según sus palabras, "murió una parte de él".
Con un nudo en la garganta, unas gafas protegiendo sus lastimados ojos, vendajes en la frente y decenas de lesiones en el rostro, el patrullero regresó, tres días después, al lugar donde estuvo a pocos metros de perder la vida.
“Por allá me sacaron”, dijo Molina mientras señalaba con la mirada la entrada principal del bloque, pese a que los escombros bloqueaban parte de su visión.
Esa pequeña litera fue su refugio durante meses. Allí descansaba cada noche, sin imaginar que, en la madrugada del sábado, 1 de agosto, del cielo caerían explosivos sobre el lugar.
Entre los uniformados de la Denor predominaba la sensación de seguridad. Nadie creía que el comando pudiera convertirse en objetivo de un ataque de esa magnitud.
“Por ser una zona céntrica, tranquila y residencial, uno ni sospechaba que se atrevieran a atacarnos así”, relató una uniformada que también estuvo presente durante aquella fatídica madrugada.
"Papá, que Dios te haya bendecido"
A casi 800 kilómetros de su familia y de su tierra natal, Molina terminó su jornada laboral el viernes 31 de julio. Como era costumbre, se despidió de sus seres queridos.
“Papá, que Dios te haya bendecido el día de hoy”, le dijo su hijo, sin imaginar que pocas horas después se desataría la tragedia.
Mientras dormía junto a sus compañeros, el reloj marcó las 3:19 de la madrugada del sábado.
“Cuando escuchamos el primer estallido, lo primero que se le viene a uno a la cabeza es: Nos están atacando y puedo morir”, recordó.
En medio del desespero y la adrenalina, todos despertaron en la habitación donde había dos literas. Lo primero que intentaron fue buscar refugio. Trataron de esconderse debajo de las camas, pero no lo lograron. Finalmente, se acomodaron en la litera inferior, pegados a la pared.
“¿Qué está pasando?”, gritó uno de ellos tras la explosión.
-Pues nos están atacando. Nos van a matar. Salgamos- recuerda Molina que respondió en medio de la tensión.
Cuando intentaban salir escucharon un segundo estallido. Las paredes comenzaron a colapsar y bloquearon la salida. Las esquirlas, el aturdimiento causado por la onda expansiva y los escombros los mantuvieron atrapados durante varios minutos.
Sus compañeros acudieron al rescate y lograron sacarlos hasta un pasillo al aire libre. Allí, el azul oscuro del cielo estaba cubierto por una cortina de humo y las llamas que salían de las instalaciones destruidas.
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En medio de los heridos permanecía intacta una estatua de la Virgen. La imagen no sufrió ningún daño y, desde entonces, se convirtió en un símbolo de fe y esperanza para los policías que hoy agradecen poder contar su historia.
Billy asegura que este hecho marcó un antes y un después en su vida.
“Mataron una parte de mí, pero hicieron que naciera una versión más fuerte. Me hicieron amar más a mi institución, al ver y sentir lo que significa ser policía”, afirmó.
El patrullero, que ahora disfruta de unos días de descanso, aclaró que no hace públicas sus declaraciones para buscar fama o reconocimiento, sino para transmitir un mensaje de esperanza a la comunidad: que es posible salir adelante y que la Policía continuará de pie al servicio de los ciudadanos.
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Un abrazo de vida
Con apenas tres años en la institución, esta fue la primera experiencia de alto riesgo para la patrullera Ximena Sepúlveda, quien también dormía en una habitación junto a otra compañera.
Cuenta que, tras el primer estallido, ambas se abrazaron e intentaron resguardarse entre los escaparates, mientras el lugar parecía convertirse en una celda. El polvo les impedía respirar y, en medio de la oscuridad, apenas distinguían las paredes derrumbadas y el techo colapsado.
Por su mente solo pasaba su familia y el deseo de avisarles que estaba bien. La adrenalina no le permitió sentir dolor. Cuando finalmente logró abrir la puerta, descubrió que su destino había sido muy distinto al de varios de sus compañeros. En el pasillo encontró una fila de heridos y aún hoy no entiende cómo resultó ilesa.
Algo que destaca Sepúlveda es el compañerismo que existe dentro de la institución.
“Yo estaba descalza. El pasillo estaba lleno de vidrios y escombros. Un compañero del Comando Jungla me vio y me cargó para sacarme de ahí. Se reflejó mucho el compañerismo, y es algo que tenemos los policías. Siempre vamos a estar para nuestros compañeros, aun cuando nuestra propia vida esté en peligro”, relató.
Estos días no han sido fáciles para ella. Confiesa que la sensación de vulnerabilidad permanece y que cualquier ruido fuerte la sobresalta, pues siente que una tragedia similar podría repetirse.
En total, 11 uniformados resultaron lesionados. De ellos, tres permanecen en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI): el patrullero Diego Alexander Claros Clavijo y los auxiliares Richard Javier Rúa Balaguera y Diver José Vergara Guerra.
Los dos auxiliares continúan bajo pronóstico reservado. Rúa sufrió lesiones en el cráneo y quemaduras en las vías respiratorias, por lo que permanece intubado. Vergara también está intubado y presenta graves afectaciones en los ojos.
Por su parte, el patrullero Claros sufrió una contusión cerebral moderada y continúa en la UCI después de haber sido sometido a cirugía.
¿Quiénes son David y Nike?
Horas después del atentado, el Ministerio de Defensa identificó a dos de los presuntos responsables. Se trata de los supuestos integrantes del Eln conocidos con los alias de David y Nike o Nay, quienes, según las autoridades, habrían ejecutado el ataque bajo las órdenes de un autor intelectual cuya identidad aún no ha sido establecida.
Según la información oficial, ambos harían parte del Frente de Guerra Urbano Nacional y serían los únicos integrantes de esa estructura con la capacidad para ejecutar un atentado de esta precisión. La complejidad del ataque y las altas recompensas ofrecidas por información que conduzca a su captura corresponden al perfil de expertos en explosivos que les atribuyen los organismos de inteligencia.
La relevancia de este caso también radica en la presunta participación de David, señalado como principal cabecilla del Frente Urbano Carlos Germán Velasco Villamizar, estructura a la que las autoridades atribuyen otros atentados ocurridos en el área metropolitana de Cúcuta.
David tendría una trayectoria criminal cercana a los 30 años. Según las investigaciones, comenzó a delinquir en la década de 1990 en el frente urbano Resistencia Yaraguíes, con presencia en el Magdalena Medio, donde habría participado en acciones subversivas junto a los hermanos Carlos Germán y Miguel Velasco Villamizar.
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Los reportes policiales también le atribuyen participación en homicidios, secuestros, extorsiones y la instalación de, al menos, tres carros bomba en Cúcuta entre 2002 y 2004.
Por estos hechos, tiene orden de captura por los delitos de concierto para delinquir agravado, homicidio agravado y terrorismo. Las autoridades ofrecen hasta $800 millones por información que permita su ubicación y captura.
Su presunto cómplice es un hombre conocido con los alias de Nike, Nay o Burro, quien también es buscado por los delitos de terrorismo, homicidio agravado y concierto para delinquir.
De acuerdo con información de inteligencia, sería cabecilla de comisión del Frente de Guerra Urbano Nacional y se habría desempeñado como francotirador, aunque su principal especialidad sería la ejecución de atentados con explosivos.
Las autoridades aseguran que posee amplios conocimientos en el manejo de explosivos y en la fabricación de artefactos improvisados. Además, sería instructor de la denominada "escuela de combatientes urbanos", donde entrenaría a nuevos integrantes de esa organización armada.
También estaría encargado de coordinar acciones ofensivas contra la Fuerza Pública y enfrentamientos con otros grupos armados en el Catatumbo. Por información que conduzca a su captura se ofrece una recompensa de hasta $150 millones.
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